Viena, 1936. Una mañana, un alto funcionario del ministerio, casado con una bella y rica dama vienesa, abre una carta. Reconoce la letra azul pálido del sobre. Y esa caligrafía se hunde en su vida rutilante como la hoja de un cuchillo y la disloca de inmediato. En unas pocas líneas sumamente formales, la firmante solicita ayuda del poderoso funcionario para trasladar a una escuela vienesa a un muchacho alemán de dieciocho años. Sin embargo, para el destinatario, en esas líneas cifradas aflora un amor de muchos años, un amor enterrado con sumo cuidado. Y ese muchacho desconocido, ¿no será quizás un hijo ignorado? Las tremendas presiones a la hora de conjugar la propia vida con las exigencias de la sociedad, han alejado a este hombre, al elegante, impecable y cortés León de todos los elementos auténticos de su existencia, tanto de sus humildes orígenes como de aquella pasión inaceptable. Werfel consigue que confluyan el estudio psicológico y el análisis social de un modo perturbador de puro preciso, en este libro que se lee hoy como un amargo gesto de despedida de Viena y de toda la civilización centroeuropea.
Contraportada de la edición de Anagrama
Textos
Qué agradable, pensó Leónidas, iré andando a la oficina. Y volvió a sonreír. Pero esta vez fue una sonrisa extrañamente ambigua, entusiástica y burlona a la vez. Siempre que estaba contento y lo sabía, dejaba aflorar esa sonrisa entre entusiástica y burlona. Como muchos hombres que ya han alcanzado una elevada posición en la vida, individuos sanos, bien proporcionados y hasta hermosos, Leónidas solía sentirse particularmente contento en las primeras horas de la mañana y aprobar sin reservas la tortuosa marcha del mundo. Era como salir en cierto modo de la nada nocturna y, cruzando el puente de un asombro ligero y diariamente renovado, entrar en la conciencia total del propio éxito en la vida. Y este éxito, en su caso, era realmente meritorio por ser hijo de un pobre catedrático de instituto de undécima categoría, un don Nadie sin familia ni apellido y, para colmo de males, con un nombre ridículamente pretencioso.
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Varias veces al día se consideraba a sí mismo un auténtico favorito de los dioses. De haberlo interrogado alguien sobre su «concepción del universo», habría tenido que admitir abiertamente que veía el universo como una organización cuyo único sentido y objetivo consistía en rescatar de las profundidades a ciertos favoritos de los dioses como él, para luego elevarlos a las alturas y dotarlos de poder, honores, gloria y lujo.
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Al igual que los otros altos funcionarios del Estado, el jefe de sección no sentía ningún respeto especial por los señores ministros. Éstos cambiaban según el juego de las fuerzas políticas, mientras que él y sus colegas permanecían en sus puestos. Encumbrados o barridos por la resaca de los partidos, los ministros parecían en general nadadores sin aliento que se aferraban a las tablas del poder. No poseían una visión exacta de los laberintos de la administración ni la sensibilidad adecuada para captar las sagradas reglas de juego de una burocracia que no tiene otra finalidad que ella misma. Con excesiva frecuencia eran simplistas de poca monta que sólo habían aprendido a fatigar sus ordinarias voces en mítines multitudinarios y a intervenir de forma engorrosa, por las puertas traseras de los despachos, en favor de sus correligionarios y familiares. Leónidas, en cambio, no menos que sus iguales, había aprendido el arte de gobernar como los músicos aprenden el contrapunto durante años de práctica incesante. Poseían un tacto delicadísimo para registrar los miles de matices inherentes a la tarea de administrar y decidir. A sus ojos, los ministros no eran sino simples peleles políticos por mucho que, siguiendo el estilo de la época, asumieran ciertos aires dictatoriales. Ellos, en cambio, los jefes de departamento, arrojaban sus inamovibles sombras sobre esos tiranos. Fuera cual fuera el tinte partidista de las lavazas que inundaban los despachos ministeriales, ellos seguían teniendo los hilos en la mano. Eran indispensables. Con la preciosa altivez de los mandarines permanecían en un modesto segundo plano. Despreciaban la opinión pública, los periódicos, el autobombo personal de aquellos héroes de un día —y Leónidas aún más que los otros, pues era rico e independiente.
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Leónidas está de pie detrás de Amelie en el palco de la ópera. Se inclina sobre su cabellera que, gracias a la dilatada tortura bajo el casco metálico del peluquero, circunda ahora su cabeza como una nube inmaterial, como un vapor dorado oscuro. La gloriosa espalda de Amelie y sus inmaculados brazos están desnudos. Unos hombrillos muy finos sostienen el suave terciopelo verde mar de su vestido, que ha estrenado esa misma noche. Un modelo parisiense muy costoso. Eso la ha puesto de un humor festivo. En el esplendor de su autocomplacencia, supone que también León estará de un humor festivo al verla tan radiante y luminosa. Le lanza una mirada y ve un hombre elegante con un rostro ajado y grisáceo atornillado sobre la esplendorosa pechera del frac. Una fugaz sombra de inquietud se abate sobre ella. ¿Qué ha ocurrido ahí? ¿Cómo es posible que entre el almuerzo y la ópera aquel bailarín eternamente joven se haya convertido en un respetable señor de cierta edad, cuyos ojos parpadeantes y cuya boca de comisuras caídas apenas logren disimular un cansancio de vivir más bien crepuscular?
Franz Werfel. Una letra femenina azul pálido. Anagrama