A finales de los años cincuenta, en Nueva York, dos chicos: Hoo y Ricky, y una chica, Mellie, se conocen mientras trabajan en la redacción de la revista literaria de su instituto. Allí forjarán una amistad que durará años y condicionará el resto de sus vidas.
Muchos años después, Hoo, convertido en catedrático de filosofía, rememora su relación con Ricky y con Mellie, y también el trasfondo cultural y social de la época que les tocó vivir: los coletazos del macarthismo, la liberación de los años sesenta o las protestas contra la guerra de Vietnam. Conforme avanza la historia se van revelando las razones que le han llevado a escribir el relato de esa amistad; que es, en realidad, una maravillosa carta de amor a Mellie.
En «¡Melisande! ¿Qué son los sueños?» la sabia mirada de un hombre maduro sobre su vida y sobre aquello que le da sentido convierte este libro en un canto al amor y a la amistad, en una invitación al perdón. Una de las novelas de amor más extraordinarias de los últimos años que nos habla del poder de la literatura y la memoria.
Contraportada de ¡Melisande! ¿Qué son los sueños. Libros del Asteroide
TEXTOS
—Cuando estábamos en el instituto —dije yo—, Ricky me contó que una vez, en tercero o cuarto, estaba mirando por la ventana cuando de repente se preguntó cómo sabría si lo que estaba contemplando no era un sueño. Quizás no hubiera nadie a su lado y todo desaparecería cuando se despertara.
—Sin dejar ni rastro —dijiste tú.
—Le dije que a mí también se me había pasado por la cabeza algo así. Aunque lo que yo pensaba era: imagínate que alguien me está soñando y que este alguien se despierta.
—¿Tuviste miedo? —preguntaste.
—Un poco —dije—. ¿Tú no lo habrías tenido?
—Sí —dijiste—, pero me habría asustado un poco más de haber sido Ricky.
¿Te acuerdas? Si uniéramos todos nuestros recuerdos, ¿serían acaso la parte más minúscula de todo cuanto hemos olvidado? Si añadiéramos aquello que solo creemos recordar, ¿serían acaso la parte más diminuta de entre la más diminuta?
—He estado leyendo un libro de Albert “Queimis” —dijo.
—¿Cuál?
—“El mito de Sísifo”. Ya sabes, el tío ese de la mitología griega que tiene que empujar una piedra montaña arriba. Y siempre que está llegando al final, la piedra rueda colina abajo y tiene que volver a empezar.
—¿Sí? —Y yo quería volver contigo.
—“Queimis” dice que la Revolución es igual. Al final, siempre te aplasta. El hombre rebelde es aquel que no se rinde. Sigue empujando la piedra montaña arriba, aun cuando sabe que es absurdo. La cuestión es si es o no es un gilipollas.
Camus fue solo el comienzo. Ricky se lanzó a los libros como si estuviera seguro de encontrar la respuesta en ellos. Yo lo seguí porque no quería quedarme rezagado. Vaciamos las estanterías de la sucursal de Bloomingdale de la biblioteca pública en la calle 100 como si estuviéramos en las rebajas. Y todo sin orden ni concierto. Leímos a Platón y a Herman Hesse y “La montaña mágica” y “El retrato del artista adolescente” y “Así habló Zaratustra”, engullendo cuanto podíamos. Empecé “Tratado de la desesperación” de Kierkegaard porque en una edición en tapa blanda sobre existencialismo que había comprado en una librería de viejo lo mencionaban como una obra «seminal», palabra que tuve que buscar. Me rendí en la primera frase. Leí “El ángel que nos mira” en tres días y me salté las clases. Leí “Pan y vino” de Ignazio Silone, “La náusea” de Sartre e “Hijos y amantes” de D. H. Lawrence.
Hace unos años me la encontré en Nueva York en la presentación de un libro de un autor al que ambos conocíamos. El fulgor de su belleza no se había desvanecido del todo. Estuvimos charlando en un rincón. No se había casado. Siempre había sabido, dijo, que no estaba hecha para un solo hombre. La lista de sus amantes era impresionante. Incluía a un legendario pianista de jazz, un poeta ganador del Pulitzer y un afamado filósofo postmoderno francés. Le dije que me halagaba haber sido el Ganímedes de semejante Panteón y ella se rio y me acarició el pelo con sus cálidos dedos. De haber vivido en otra época, habría sido una famosa cortesana.
Hicimos el amor como tigres. Lo hicimos como gaviotas, gritando sobre las olas. Lo hicimos como anguilas, húmedos y resbaladizos después de una ducha. Lo hicimos como caracoles, lentos y pegajosos con nuestras propias secreciones. Lo hicimos como topos, abriéndonos paso ciegamente a través de nuestros sueños hasta que nos chocamos con el otro en la oscuridad. […]
[…] A veces me desnudaba y volvía contigo a la cama, haciendo la cuchara con las rodillas pegadas a ti (hay que ver los nombres que dábamos a cómo dormíamos: la «cuchara», el «foxtrot», «ir de paseo» y el «dosey-do». «Vamos de paseo», decías tú medio dormida y, sin despertarme, me daba la vuelta y te cogía de la mano y paseaba contigo por la noche como si fuera un campo florido).
