Sentado en el pretil del paseo bajo una de las farolas azules, me tomé el pulso mientras pensaba en los amores, en los amigos, en todas las lesiones del espíritu que me había infligido el tiempo, en la ansiedad del diafragma que contenía un deseo imposible, y de pronto creí que había fallecido ya hace muchos años y que la belleza de esta isla era el paraíso o el punto muerto que se alcanza con la perfección.
Manuel Vicent. Del café Gijón a Ítaca
Descubre más desde Los cuadernos de Vieco
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.