Sin la muerte no tendría sentido el combate que la poesía libra, con suerte varia, contra ella; no tendría sentido el difícil sentido de la vida, de gracia y esperanza que la poesía implica, su proyección como antidestino, sin olvidar que el amor y la pérdida se complementan y se contraponen. La poesía nace de esa contradicción y su cometido es superarla una y otra vez, porque su victoria nunca es definitiva y debe ser incesantemente reiterada transmutando la pena en dicha de palabras (o de formas, colores, sonidos)
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