Clara Cavendish (la Rubia)
Era rubia, con unos ojos negros y profundos, como un lago de montaña, cuyos párpados se afilaban de manera exquisita en las esquinas. Una rubia de ojos negros no es muy frecuente.
Aquella sonrisa… Era como los rescoldos de un fuego que ella hubiera prendido hacía mucho tiempo y luego dejado arder hasta consumirse.
Clara Cavendish era una de esas personas a quienes el mundo protege de sus horrores.
Había algo vago e indefinido en ella, como si hubieran interrumpido a quien fuera que la creó antes de darle los últimos toques y el trabajo hubiese quedado sin terminar.
¿Se han fijado en cómo sube los escalones una mujer? Así subió Clara Cavendish, con la cabeza inclinada y la vista fija en los pies, que colocaba con precisión uno delate de otro, escalón a escalón. Igual que una patinadora sobre hielo dibujando una línea de diminutos ochos.
Philip Marlowe (el detective)
– No se inquiete, tengo costumbre de quedarme junto a la ventana, mirando cómo gira el mundo.
Asentí, intentando que el gesto trasmitiera prudencia. Cogí mi pipa y me entretuve con ella, sacando los restos de tabaco de la cazoleta y haciendo todo lo preciso para limpiarla. Una pipa es un artículo muy útil cuando quieres parecer inteligente y reflexivo.
Me llevé una mano a la frente y suspiré. Luego, abrí el cajón de la mesa donde se supone que guardo los expedientes, saqué una botella y me serví un trago en un vaso de papel. Cuando eres consciente de que has metido la pata, lo mejor que puedes hacer es masacrar unos cuantos millones de neuronas.
Cuando era joven, hará un par de milenios, creía saber lo que hacía. Era consciente del carácter caprichoso del mundo, de cómo se divierte con nuestras esperanzas y nuestros deseos; pero en lo relativo a mis propias acciones, estaba convencido de que era yo, erguido en el asiento del conductor, quien manejaba el volante con las dos manos. Ahora sé que no es así. Ahora sé que las decisiones que creemos tomar solo parecen tal en retrospectiva y que, cuando las cosas suceden, en realidad tan solo nos dejamos llevar.
Hasta entonces había creído que Clare Cavendish podía romperme el corazón, sin darme cuenta de que estaba roto. Vivir para aprender, Marlowe. Vivir para aprender.
Puedes odiar a una mujer y saber, al mismo tiempo, que bastaría con que hiciera una pequeña señal para que te arrojaras a sus pies y los cubrieras de besos.
