Pepys Road
Tener una casa en Pepys Road era como estar en un casino con la garantía de ganar. Quien ya vivía allí, era rico. Quien quisiera mudarse allí, tenía que ser rico.
En el número 51 de Pepys Road, Arabella Yount, que en cierta ocasión leyó un libro que decía que las mujeres eran superiores a los hombres a la hora de hacer varias cosas a la vez, estaba haciendo cuatro al mismo tiempo: ponía estantes en el cuartito que le gustaba llamar despensa; vigilaba a sus dos preciosos niños, Joshua y Conrad; compraba ropa por Internet y hacía planes para darle a su marido un susto morrocotudo.

Había llegado al extremo de su calle, Pepys Road, donde había nacido y donde le gustaría morir, si es que tenía voz y voto en eso. Probablemente había hecho aquel trayecto diez mil veces. Lo había hecho de mil maneras distintas; si a ello vamos, uno de los días más felices de su vida fue cuando hizo aquel mismo recorrido, al volver del ambulatorio, el día que supo que estaba embarazada. Había cruzado la puerta triste, había cruzado la puerta agotada, había cruzado la puerta sintiéndose floja, gorda, sexy, tontorrona, furiosa, distraída, achispada por el jerez, con prisa por llegar al lavabo, en todos los estados mentales y físicos posibles. Había pasado por una fase en la que tenía miedo de que la asaltaran ladrones por detrás mientras estaba concentrada en abrir la puerta, le quitaran el bolso o entraran por la fuerza en la casa; pero hacía tiempo que había desaparecido aquel miedo y otros semejantes. Seguía siendo la misma casa, seguía siendo la misma puerta y seguía siendo la misma mujer que la cruzaba.
Queremos lo que usted tiene. Petunia pensó unos instantes en aquella extraña postal. Aún le costaba imaginar que nadie le dijera aquellas palabras personalmente.
John Lanchester, Capital, Anagrama