La pena y el miedo
Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo. Yo no es que esté asustado, pero la sensación es la misma que cuando lo estoy (…) Otras veces es como si estuviera medio borracho o conmocionado. Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo. Me cuesta mucho trabajo enterarme de lo que me dicen los demás. Tiene tan poco interés.
Y nadie me habló nunca tampoco de la desidia que inyecta la pena. No siendo en mi trabajo –que ahí la máquina parece correr más aprisa que nunca- aborrezco hacer el menor esfuerzo. No solo escribir sino incluso leer una carta se me convierte en un exceso.
Dios
Y, en el entreacto, ¿Dios dónde se ha metido?. Este es uno de los síntomas más inquietantes. (…) ¿Por qué es Dios un jefe tan omnipresente en nuestras etapas de prosperidad, y tan ausente como apoyo en las rachas de catástrofe?
¿Qué quiere decir la gente cuando afirma: “Yo a Dios no le tengo miedo porque sé que es bueno?” ¿Han ido al dentista alguna vez?
Certeza en la continuidad de la vida?
Hace años, a raíz de la muerte de un amigo, tuve durante algún tiempo una viva sensación de certeza con respecto a la continuidad de su vida, casi como si se viera realzada. He implorado que se me concediera ahora por lo menos una centésima parte de esa misma certeza en el caso de H. No ha habido respuesta. Solamente el cerrojazo en la puerta, el telón de acero, el vacío, el cero absoluto.
Tiranía doméstica
Ayer me detuve a tiempo antes de decirme, con ocasión de no sé qué bagatela: “Esto a H. No le hubiera gustado.”
No conviene, no es bueno para los demás. En breve acabaría echando mano del “lo que le hubiera gustado a H.” como un instrumento de tiranía doméstica.
Reflexión
Gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por así decirlo, en la sombra de la desgracia en la reflexión sobre ella. Es decir, en el hecho de que no se limite uno a sufrir, sino que se vea obligado a seguir considerando el hecho de que sufre.
