Lo cuentan sus biógrafos, y es casi tópico repetirlo, pero ahí va:
Después de llevar más de diez años escribiendo y abandonando La Casa (así se iba a llamar Cien años de soledad), un día yendo de viaje de vacaciones con su mujer, Mercedes, y sus dos hij
os a Acapulco, ve increíblemente clara la forma en que debe escribir esa novela que nunca termina: sabe que debe transcurrir en un pueblo remoto , descubre el tono: el de su abuela que contaba cosas prodigiosas, y la llenará de historias sobre la Guerra de los Mil Días de Colombia, que tantas veces le había contado su abuelo Nicolás en sus paseos por el pueblo. Y el comienzo de la novela: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
De inmediato regresa con su familia a su casa en México DF., las vacaciones habían terminado antes de comenzar.
Ya en casa, entrega sus ahorros, 5000 dólares, a su mujer para el mantenimiento del hogar mientras él se dedica a escribir. La Cueva de la Mafia, así se llama la habitación se su casa donde esa primavera se exilia, con la enciclopedia británica, diversos y variados libros, papel y una máquina Olivetti.
En otoño se acaban los ahorros y no tiene más remedio que empeñar lo poco que tiene e ir tirando del apoyo de los amigos.En el invierno de 1965, con 39 años termina la novela, llora y llora como ni siquiera en sus novelas está escrito. Cuando esa mañana de 1966 salió de La Cueva d
e la Mafia, atravesó la casa y se derrumbó en lágrimas en el sofá, cual niño huérfano. Su esposa Mercedes, al verlo tan desamparado, supo de qué se trataba: el coronel Aureliano Buendía acababa de morir. Era el personaje inspirado en su abuelo Nicolás, con el que había vivido su niñez…
Bastante años después, el escritor colombiano William Ospina le preguntó a García Márquez cómo habían sido los días en que se encerró a crear Cien años de soledad. «Se me ocurrían tantas cosas», le respondió, «que si hubiera tenido más dinero la novela habría durado otras doscientas páginas».
Carlos Fuentes, amigo de García Márquez desde los inicios de los sesenta, mantuvo correos con el escritor en los momentos de la redacción de Cien años de soledad, cuenta que García Márquez le dijo que le tomó madurar la novela diecisiete años y redactarla catorce meses: Jamás he trabajado en soledad comparable, no siente más punto de referencia que, quizás Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de los arbitrios, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras. (…) A veces me asalta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que ésta…