Joan Margarit: «Nuevas cartas a un joven poeta», 8. Poesía, filosofía y religión

Para el poeta joven hay territorios que están llenos de trampas, la más temible de las cuales es el tópico. Territorios minados donde es mejor adentrarse con una cierta experiencia, con la voz ya madurada. Rilke señala los poemas de amor como uno de estos campos, y pienso que tiene toda la razón. Otra de estas zonas peligrosas es la religión y la filosofía, esta última extendiéndose a veces por meandros políticos.

[…] La filosofía y la religión han tenido siempre la tentación de utilizar la poesía como una herramienta para penetrar en la relación de las personas con los mitos y con Dios, que es el más importante de todos los mitos.

[…] La validez de la poesía no tiene nada que ver con quien la defiende. Todo el mundo la puede captar, no tiene accesos privilegiados. A veces se tiende a confundir la capacidad de una persona para comprender un poema con su incapacidad para explicar aquello que encuentra en el poema, qué es lo que le hace sentir. La realidad es que esta incapacidad es la misma que la de todos los que pasan por entendidos, excepto que estos últimos saben ocultarla con una cierta retórica. Por esto, el poeta, que tampoco sabría explicar de otra manera lo que quiere decir, escribe el poema.

Cuando el poeta escribe, no puede pensar en la utilidad del poema. Por esto, los poemas de circunstancias no suelen ser importantes dentro de la obra de un poeta […]

Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta

 

 

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Decálogo para escribir de Elmore Leonard

Estas son las reglas que he ido recogiendo en el camino para ayudarme a permanecer invisible cuando estoy escribiendo un libro, para ayudarme a mostrar lo que está sucediendo en la historia en lugar de contarlo.

1. Nunca empieces un libro con el tiempo 
Si sólo es para crear una atmósfera y no por la reacción de un personaje ante el tiempo, no quieres que se prolongue demasiado. El lector tiende a mirar la hoja buscando a gente. Claro que hay excepciones. Si resulta que eres Barry López, quien posee más formas que un esquimal de describir el hielo y la nieve en su libro Sueños Árticos, entonces puedes hacer todos los partes meteorológicos que quieras.

2. Evita los prólogos
Pueden ser muy molestos, especialmente un prólogo tras una introducción después de un prefacio. Son bastante frecuentes en los ensayos, pero un prólogo en una novela es historia y puedes introducirla en el lugar que quieras. Hay un prólogo en la obra de John Steinbeck, Dulce Jueves, pero me parece correcto porque se trata de un personaje dejando claras las reglas del libro. Dice así: “Me gusta mucho que se hable en los libros y no me gusta que nadie me diga cómo es el tipo que está hablando. Quiero imaginármelo a partir de la forma en la que habla.”

3. Nunca uses un verbo distinto a “dijo” para introducir un diálogo
La línea del diálogo pertenece al personaje; el verbo es el escritor metiendo sus narices. Pero “dijo” es mucho menos intrusivo que “se quejó”, “susurró”, “advirtió”, “mintió”… Una vez me encontré en un libro de Mary McCarthy una línea de diálogo que terminaba con un “ella aseveró” y tuve que dejar de leer para coger el diccionario.

4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo “dijo”
Le amonestó seriamente. Usar un adverbio de esta forma (o casi de cualquier forma) es un pecado mortal. El escritor está exponiéndose a sí mismo usando una palabra que distrae e interrumpe el ritmo de la conversación. Hay un personaje en uno de mis libros que cuenta cómo él mismo solía escribir romances históricos “llenos de violaciones y adverbios”.

Elmore Leonard 1

Elmore Leonard

5. Mantén tus signos de exclamación controlados
Tienes permiso para no más de dos o tres por cada 100.000 palabras escritas en prosa. Claro que si tienes la habilidad para jugar con las exclamaciones como lo de Tom Wolfe, te dejo manga ancha en esto.

6. Nunca uses expresiones como “de repente”
Esta regla no requiere explicación. He notado que los escritores que usan “de repente” tienden a ejercer menos control en sus signos de exclamación.

7. Usa los dialectos con moderación
Una vez que empieces a escribir mal las palabras del diálogo y llenes una página de apóstrofes, no podrás parar.

8. Evita las descripciones detalladas de los personajes
Steinbeck lo hizo. En “Colinas como elefantes blancos” de Hemingway, ¿qué apariencia tienen el americano y la chica que le acompaña?. “Ella se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa”. Esa es toda la referencia a una descripción física en la historia.

9. No entres en detalles al describir lugares y objetos
A menos que seas Margaret Atwood y puedas pintar escenas con el lenguaje, no quieres descripciones que lleven la acción, el fluir de la historia, a un punto muerto.

10. Intenta quitar la parte que los lectores tienden a saltarse
Piensa en esas cosas que tú te saltas cuando lees una novela: esos gruesos párrafos de prosa llenos de palabras. Evítalos.

Elmore Leonard

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Lectura: «La tierra que pisamos», de Jesús Carrasco

El debut narrativo de Jesús Carrasco (Badajoz, 1972) hace tres años tuvo algo de terapéutico para el medio literario español. «Intemperie» era reconocible dentro de una tradición realista con especial atención al vocabulario rural (y fue comparada con la obra de Delibes). Además, la ausencia de referencias espacio-temporales y la capacidad de fabular con elementos arquetípicos la emparentaban con una tendencia de la novela internacional (y fue comparada con «La carretera», de Cormac McCarthy). Era a la vez “español”, realista y moderno.

El modelo de «La tierra que pisamos» podría ser Coetzee. Es una ucronía: España, a comienzos del siglo XX, ha sido invadida por un imperio que se extiende de Rusia a África. En un pueblo extremeño, los militares jubilados con méritos viven su retiro. Eva Holman, esposa de un coronel sanguinario, hoy viejo, enfermo y dependiente, descubre en el jardín de su casa a un misterioso mendigo de nombre Leva. Contra las ordenanzas que prohíben el trato con “indígenas”, Eva tiende la mano al extraño y su propia vida comienza a depender de la reconstrucción de la historia del superviviente. ¿De dónde ha salido este hombre mudo? ¿Por qué todo indica que vino del norte, a pesar de ser un lugareño? Así, nosotros leemos los cuadernos de Eva, en primera persona y en presente, en los que se entrelazan tres tramas: el movimiento hacia la compasión de Eva, el campo de trabajo en el que fue prisionero Leva y, por último, la detención de Leva y el exterminio de su familia.

Carrasco. La tierra que pisamosLa propia coexistencia de estas tramas las desactiva. Uno ya sabe qué va a suceder y no espera ningún giro imprevisto ni, lo que es más importante, ningún cambio sustancial en los personajes. Esto no sería importante si La tierra que pisamos no hiciera tanto hincapié en la psicología de sus personajes y su “despertar” a una nueva realidad, pero tanto Eva como Leva son personajes estáticos desde las primeras páginas. Ella, “una rebelde” convencida de la humanidad del Otro, del extraño; él, un niño y un loco, en palabras de Eva, a quien el horror ha dejado mudo. Además, la narradora explica con detalle el estado de ánimo de los protagonistas y lo que van a hacer, sin sugerencia ni expectativa. Todo parece previamente pensado y digerido. El lector no descubre las cosas por sí mismo según suceden (la pertinencia de una narración en presente), sino un poco antes por la voluntad de la narradora.

Por ello, la novela termina cumpliendo con la encarnación literal y tediosa de una metáfora: la peligrosa dialéctica de civilización y barbarie.

De alguna manera hay una paradoja conocida en narrar lo indecible con demasiadas palabras. Uno no puede dejar de recordar los testimonios de los supervivientes de los campos de concentración, desde la nitidez llena de aristas de Primo Levi hasta el laconismo de Odette Elina. Pero la descripción de Carrasco de los campos de trabajo se mantiene en una panorámica tremendista donde todo dolor es mayúsculo, y empacha.

Además, Carrasco trata demasiado bien a sus personajes: respeta sus límites y no permite que interactúen. Algo que lo distanciaría, por volver al modelo de un desmoronamiento narrado en tiempo presente, de Coetzee.

«La tierra que pisamos» es una novela fallida. Aunque es evidente la calidad de la escritura de Jesús Carrasco, despojada aquí del fetichismo léxico de Intemperie, algo no ha terminado de ajustarse a su indudable talento. Quizá la voz en primera persona de una narradora a medio camino de lo lírico y lo entrometido. Quizá la exageración del tono siempre elevado con que narra un “horror” que, a pesar del hiperrealismo, termina volviéndose abstracto. Quizá porque sus materiales daban para un relato más breve.

Carlos Pardo. Babelia. El País


Textos

37

Me he quedado cerca de él hasta mucho tiempo después de que pronunciara su última palabra y luego, obligada por los gritos de Iosif, he regresado a la casa para servirle la cena. En el porche me he girado y lo he visto subir desde el huerto y agacharse sobre la escollera. Palpaba las piedras como valorando la calidad de la obra y yo me he preguntado si habrán sido sus manos las que han levantado también ese muro.
Cuando entro al dormitorio, encuentro a Iosif en el suelo. Me insulta por no acudir antes a sus llamadas y luego me felicita por haber disparado al intruso. «Esos hijos de puta», dice sin terminar la frase. Siento asco y pena, y en lugar de tenderlo sobre la cama, como habría hecho en otro momento, lo dejo en el suelo. Lleva las botas puestas, con ellas debería caminar hacia la muerte, cosa que ansío que suceda esta misma noche.

85

Pronto abandonarás los cuerpos. Subirás ciego de dolor por los terraplenes que vosotros mismos habéis levantado. Tus hermanos te verán marchar y oirán, más allá de los montones, el ruido de tu furia. Serás apaleado hasta después de perder el sentido. Luego, todavía inconsciente, te subirán en un camión con destino desconocido y, en el lugar remoto al que irás, tendrás que levantarte, cargado como un Atlas, y volver a este lugar.

Final

Quizá, como dicen, en algún momento fuimos uno. No un solo cuerpo, sino un solo ser. Nosotros, los árboles, las rocas, el aire, el agua, los utensilios. La tierra.

Jesús Carrasco   

Jesús Carrasco. La tierra que pisamos. Seis Barral

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Las novelas cambian en mundo

CercasEs mentira que las novelas sirvan sólo para pasar el rato, para matar el tiempo; al contrario: sirven, de entrada, para hacer vivir el tiempo, para volverlo más intenso y menos trivial, pero sobre todo sirven para cambiar la forma de percepción del mundo del lector; es decir: sirven para cambiar el mundo. La novela necesita ser nueva para decir cosas nuevas; necesita cambiar para cambiarnos: para hacernos como nunca hemos sido.

Javier Cercas

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Álbum de librerías incompleto, 40

Librería del Aeropuerto de Amsterdam. 1

Librería del Aeropuerto de Ámsterdam 1

Librería del Aeropuerto de Amsterdam 2

Librería del Aeropuerto de Ámsterdam 2

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Robert Walser: Sumiso, cobarde y ambicioso, el perfecto chupatintas

El escritor suizo Robert Walser desmigó la esencia de los oficinistas en relatos que, ahora, se publican reunidos.

Origen: Sumiso, cobarde y ambicioso, el perfecto chupatintas

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Poema de Benedetti

Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.

Pero no sabes nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco de ti
lo que conozco
o sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.

Benedetti  Mario Benedetti

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Colección de citas literarias IV

Ricardo PigliaLa lectura es a la vez la construcción de un universo y un refugio frente a la hostilidad del mundo.

Ricardo Piglia

 

Mircea Cartarescu

 

Escribiría aunque no quedase ni un solo lector en el mundo.

Mircea Cartarescu

 

 

 

Edgar Poud

 

Nunca digas en un mal poema lo que podrías haber dicho en un artículo excelente.

Ezra Pound

 

 

 

Poe

 

Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño.

Edgar Allan Poe

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El vieco cortaziano XV

[…] desde muy joven adquirí una especie de deformación profesional, es decir, que yo pertenezco a esa especie siniestra que lee los libros con un lápiz al alcance de la mano, subrayando y marcando, no con intención crítica. En realidad alguien dijo, no sé quién, que cuando uno subraya un libro se subraya a sí mismo, y es cierto. Yo subrayo con frecuencia frases que me incluyen en un plano personal, pero creo también que subrayo aquellas que significan para mí un descubrimiento, una sorpresa, o a veces, incluso una revelación y, a veces, también una discordancia.
Las subrayo y tengo la costumbre de poner al final del libro los números de las páginas que me interesan, de manera que algún día, leyendo esa serie de referencias, puedo en pocos minutos echar un vistazo a las cosas que más me sorprendieron. Algunos epígrafes de mis cuentos, algunas citaciones o referencias salen de esa experiencia de haber guardado, a veces durante muchos años, un pequeño fragmento que después encontró su lugar preciso, su correspondencia exacta en algún texto mío.

Entrevista realizada a Julio Cortázar por Sara Castro-Klaren en el verano de 1976, en Saignon, Francia.

(A través de Hyperbole.es)

Cortazar 8

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La literatura perdurará

Antonio ColinasLa literatura perdurará porque el escritor trabaja con temas eternos, con el amor, la naturaleza, la muerte, lo mistérico. Cuando el hombre renuncie a estas preguntas, habrá renunciado a la literatura y a la poesía y a la vez habrá renunciado a ser humano. Hay que apelar a esos orígenes en los que el escritor hacía conocimiento, más que literatura.

Antonio Colinas

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