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Walking Book Fair

Satabdi Mishra y Akshay Kumar Rautaray

Satabdi Mishra y Akshay Kumar Rautaray han desarrollado un proyecto para fomentar la alfabetización en la India, la iniciativa la impulsaron este año con el lanzamiento de un proyecto itinerante consistente en un camión lleno de más de cuatro mil libros con el que viajaron durante 90 días recorriendo 10.000 kilometros y 20 estados. Esta iniciativa estrictamente personal fue impulsada por esta pareja con el objetivo altruista de fomentar la lectura entre las personas.

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La biblioteca móvil parte hacia otra plaza o otra aldea

En el transcurso del viaje realizaron pequeñas ferias del libro y abrieron la «biblioteca» al público, aparcando la camioneta por las calles y plazas de la ciudad para facilitar la lectura a aquellas personas interesadas. «La gente es libre de subir al camión y leer libros durante el tiempo que quieran. No les cobramos gastos de ningún tipo. Para aquellos que quieran comprar algo se les hace un descuento…

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Publicado el por Miguel García-Castrillón | Deja un comentario

El misterio de escribir

Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos, y en el mismo fondo de sus motivos hay un misterio. Escribir un libro es una lucha horrible y agotadora, como una larga y penosa enfermedad. Nunca debería uno emprender esa tarea si no le impulsara algún demonio al que no se puede resistir y comprender. Por lo que uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un bebé lloriquear para llamar la atención. Y, sin embargo, es también cierto que nada legible puede escribir uno si no lucha constantemente por borrar la propia personalidad. La buena prosa es como un cristal de ventana. No puedo decir con certeza cuál de mis motivos es el más fuerte, pero sé cuáles de ellos merecen ser seguidos. Y volviendo la vista a lo que llevo escrito hasta ahora, veo que cuando me ha faltado un propósito político es invariablemente cuando he escrito libros sin vida y me he visto traicionado al escribir trozos llenos de fuegos artificiales, frases sin sentido, adjetivos decorativos y, en general, tonterías.

George Orwell. Por qué escribo  George Orwell. Por qué escribo

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La biografía intelectual de García Lorca

Luis García Montero perfila al autor de ‘Poeta en Nueva York’ a través de las lecturas y escritores que lo formaron.

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Sánchez Ferlosio: Pecios VIII

(Telón de fondo) El tiempo de los sueños carece de futuro; es como el cielo de los decorados de teatro: un eterno presente prodigioso pero a la vez infinitamente melancólico porque adivina que sería del cielo de la felicidad si no fuese pintado.

(Matización) Cuando un periódico hace una encuesta preguntando a sus lectores «¿Cree usted que Fulano es culpable?», a lo que el público contesta en realidad es más bien a esta otra pregunta: «¿Desea usted que metan a fulano en la cárcel?»

(La equidad) Cuenta la leyenda de Confucio cómo éste, visitando, como solía, un reino extraño, fue interpelado por un gran señor que dijo así: «En este reino reina la virtud: si el padre roba, el hijo lo denuncia; si roba el hijo, lo denuncia el padre». Y Confucio le contestó: «En mi reino el hijo encubre al padre y el padre encubre al hijo; a esto también se da el nombre de virtud».

(Esa ficción maligna) El tiempo fue inventado contra los perezosos, como un ardid para que los que querían quedarse quietos se sintiesen incómodos y entrasen en acción.

(Alma de siervo) Tan despiadadamente autoritario debía de ser el ángel o el demonio que me veló en la cuna, que nunca me ha dictado más que un único, omnímodo y vacío mandamiento: «Obedece». Jamás he sido libre; toda la vida he estado obedeciendo con la paciente desgana de un burócrata pasmado, y encima siempre sin saber a qué.

Sánchez Ferlosio. Campo de retamas    Rafael Sánchez Ferlosio. Campo de retamas

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Memorias y autobiografías: Libros para quedar mal | Cultura | EL PAÍS

La clave de las grandes autobiografías es que en ellas siempre peligra la vida del artista.

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Juan Goytisolo y Jean Genet

Juan Goytisolo y Jean Genet en 1958, fotografiados por Monique Lange

 

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La poesía y el poeta son inseparables

NO SIRVAS AL TIEMPO

La poesía y el poeta son inseparables. En realidad, como poeta, yo soy la poesía que escribo. Cuando sentí que deseaba ser poeta, no sabía cómo escribir un poema. Tenía trece años y estaba solo en el mundo: no tenía madre y mi padre estaba en la guerra. Yo pertenecía a las calles y no asistía a ninguna escuela; para vivir robaba objetos menores y, en cuanto a dormir, lo hacía en los tejados o en los subterráneos de la ciudad, la gran ciudad salvaje que era NY en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial. Ese año viví un extraño infierno… Y presumo que son precisamente tales infiernos los que dan nacimiento al poeta. Por entonces sentía en mi pecho una alegría y una pena inexpresables; deseaba contar lo que me ocurría al mundo entero, pero no sabía cómo hacerlo.

Si hubiera permanecido en las calles, quizá no habría sabido cómo hacerlo. Me mandaron a la prisión. Verdaderamente, no opino que en aquella época mi vida estuviera mal dirigida, si era yo quien la dirigía, porque ello hubiera representado un absurdo, ya que siempre la guié con las mejores intenciones, sea cual fuese la atmósfera que me rodeara. Lo que a la mayoría parecerá una gran injusticia se convirtió finalmente en uno de los sucesos más importantes de mi vida.

En la prisión no me sentía trabado por mi conciencia juvenil y a menudo necia, aunque allí tuve que enfrentarme no sólo con hombres, sino con toda suerte de hombres apresados en un único destino, sino además con el tiempo: tres años. En esa época leí un sinnúmero de grandes libros y hablé con muchos espíritus asombrosos —hombres que vivieron años sentenciados a muerte—, y no es posible olvidar nunca el haber hablado con tales almas. Un hombre una vez me dijo: «Muchacho, no sirvas al tiempo, deja que el tiempo te sirva a ti». Y eso hice; el tiempo, a menudo tan cruel, fue bondadoso y benéfico conmigo. Cuando salí, dejé allí a un joven educado. Por esta razón me siento incapaz de decir nada realmente de la cárcel. No digo que la prisión sea un buen lugar: está muy lejos de eso. Para los hombres viejos y de edad avanzada es un ataúd donde se respira, porque cualquier puerta cerrada detrás de un hombre resulta algo muy triste. Pero yo soy yo y no está en mi ánimo sentir desagrado por una cosa desagradable cuando ella, de modo extraño, me resultó beneficiosa. A veces el infierno puede ser un buen lugar… Si se le prueba a uno que, precisamente porque existe, debe existir su opuesto, el cielo. ¿Y cuál era ese cielo? La poesía.

Gregory Corso  Gregory Corso (A través de «Enfermos de poesía»)

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Grieta

Uno de los libros que más me instruyeron fue una tabla rota. La encontré en el centro de la habitación de mi infancia. Sus estrías destacaban en el suelo.

En aquel cuarto guardábamos cajas con utensilios, semillas y ropas, y también los recuerdos de un familiar que allí estuvo recluido. Desde la ventana del dormitorio miré los mismos paisajes de tejados, lindes, coderas y árboles que a él lo acompañaron en días de trastorno, furia o remanso.

Nunca lo vi. En los años de estraperlo silencioso, tuvo que irse a otras tierras. Hermano de mi padre, trabajó de criado en la casa donde iba a conocer a su amante. La joven lo puso al cuidado de sus fincas y sentimientos, pero las pasiones acabaron en una ruptura súbita. Con desequilibrio mental, el hombre regresó a la vivienda en que después yo nací.

Encerrado en la crisis, descargaba el dolor sobre los muebles. Con exasperación quiso romper la tarima de la alcoba.

Su desengaño amoroso escarbó hasta encontrar descanso en la demencia. Antes que las medicinas la atenuaran, su ira me dio una página inagotable.

Pasé muchas horas de juventud contemplando las hendiduras de la madera. A veces pisaba con suavidad su superficie, a la espera de que los sonidos me trasmitiesen el fervor y la herida del pariente enamorado. Recogí las astillas en un cuenco de dudas; quizá aguardé que los cortes, ventas y nudos de la madera fuesen el escondite de algún aviso.

En la tabla rota leí por primera vez unas palabras escritas cerca de nuestros barrancos.

Irazoki. Orquesta de desaparecidos  Francisco Javier Irazoki. Orquesta de desaparecidos

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Libreros

Es claro que si quedan personas con visión de mundo para combatir el mal de siglo, son los libreros

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Libreros

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La sensualidad verbal de la poesía

Jaime Gil de Biedma[…] para ser poeta —y la carencia de eso es algo que para mí es muy notable en todos los poetas que escriben a partir de los cuarenta y tantos, cincuenta años, los poetas mayores, los poetas viejos— es necesaria una sensualidad verbal, un dejarse llevar por las palabras que de joven quizá es excesivo, te dejas llevar demasiado, pero de mayor es demasiado exiguo. Las palabras tienen que fascinarte, tienes que tener una sensualidad verbal que te empuje.

Jaime Gil de Biezma

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Reflexiones. Don Quijote

Don Quijote y SanchoUnos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la ambición servil y baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra.

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha

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