El autógrafo más bello de Fernando Pessoa

Un poema del escritor lisboeta es descubierto en la última página del diario de un intelectual viajero

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Fernando Pessoa

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Leer

Ricardo PigliaLeer es un acto solitario, pero también un acto que uno hace ver al otro, porque invariablemente recomendamos los libros que le gustan a uno, o los regalamos; creo que leemos para aprender y para reconciliarnos con el mundo o con uno mismo.

Ricardo Piglia

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El secreto de Leonard Cohen

No resulta fácil encontrar en Montreal discos de segunda mano de Leonard Cohen, menos aún libros. Hallar vinilos o primeras ediciones ya es casi imposible. Hay una razón simple para ello: la gente no se desprende a la ligera de su cosas de Cohen. Así son los cohenitas, personas que custodian su colección como un tesoro insustituible. […]

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Juan Claudio de Ramón

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Cuadernos de poemas. García Lorca

La aurora

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

 

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Día de las Librerías: Libros para leer sobre libros

Estos textos gustan a los tenderos pero también funcionan muy bien entre el público. Los que se dedican a la literatura celebran estos títulos a caballo entre la moda y el género

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Sergio del Molino

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Álbum de Bibliotecas en construcción, LXII

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Biblioteca Central en Cape Town. Sudáfrica

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Bibioblús rural. Barcelona. 1973

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“La poesía puede hacer que la gente vaya a las librerías”

Elena Medel, responsable de la editorial La Bella Varsovia, caza poetas unicornios para demostrar que los versos sí importan

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Kundera: El cuerpo y el alma

Sería estúpido que el autor tratase de convencer al lector de que sus personajes están realmente vivos. No nacieron del cuerpo de sus madres, sino de una o dos frases sugerentes o de una situación básica. Tomás nació de la frase «einmal ist keinmal». Teresa nació de una barriga que hacía ruido. Cuando entró por primera vez en casa de Tomás, empezaron a sonarle las tripas. No es de extrañarse, no había almorzado ni cenado, sólo había comido a media mañana un sándwich en la estación antes de tomar el tren. Concentrada en su arriesgado viaje, se había olvidado de la comida. Pero aquel que no piensa en el cuerpo se convierte más fácilmente en su víctima. Era terrible encontrarse delante de Tomás y oír a sus propias vísceras hablar en voz alta. Tenía ganas de llorar. Por suerte Tomás la abrazó al cabo de diez segundos y ella pudo olvidar los sonidos de su vientre.

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Teresa nació por lo tanto de una situación que desvela brutalmente la irreconciliable dualidad del cuerpo y el alma, de la experiencia humana esencial.

Hace mucho tiempo, el hombre oía extrañado el sonido de un golpeteo regular dentro de su pecho y no tenía ni idea de su origen. No podía identificarse con algo tan extraño y desconocido como era el cuerpo. El cuerpo era una jaula y dentro de ella había algo que miraba, escuchaba, temía, pensaba y se extrañaba; ese algo, ese resto que quedaba al sustraerle el cuerpo, eso era el alma.

Hoy, por supuesto, el cuerpo no es desconocido: sabemos que lo que golpea dentro del pecho es el corazón y que la nariz es la terminación de una manguera que sobresale del cuerpo para llevar oxígeno a los pulmones. La cara no es más que una especie de tablero de instrumentos en el que desembocan todos los mecanismos del cuerpo: la digestión, la vista, la audición, la respiración, el pensamiento.

Desde que sabemos denominar todas sus partes, el cuerpo desasosiega menos al hombre. Ahora también sabemos que el alma no es más que la actividad de la materia gris del cerebro. La dualidad entre el cuerpo y el alma ha quedado velada por los términos científicos y podemos reírnos alegremente de ella como de un prejuicio pasado de moda.

Pero basta que el hombre se enamore como un loco y tenga que oír al mismo tiempo el sonido de sus tripas. La unidad del cuerpo y el alma, esa ilusión lírica de la era científica, se disipa repentinamente.

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Ella trataba de verse a sí misma a través de su cuerpo. Por eso se miraba con frecuencia al espejo. Como le daba miedo que la sorprendiera su madre, sus miradas al espejo tenían el cariz de un vicio secreto.

No era la vanidad lo que la atraía hacia el espejo, sino el asombro al ver a su propio yo. Se olvidaba de que estaba viendo el tablero de instrumentos de los mecanismos corporales. Le parecía ver su alma, que se le daba a conocer en los rasgos de su cara. Olvidaba que la nariz no es más que la terminación de una manguera para llevar el aire a los pulmones. Veía en ella la fiel expresión de su carácter.

Se miraba durante mucho tiempo y a veces le molestaba ver en su cara los rasgos de su madre. Se miraba entonces con aún mayor ahínco y trataba, con su fuerza de voluntad, de hacer abstracción de la fisonomía de la madre, de restarla, de modo que en su cara quedase sólo lo que era ella misma. Cuando lo lograba, aquél era un momento de embriaguez: el alma salía a la superficie del cuerpo como cuando los marinos salen de la bodega, ocupan toda la cubierta, agitan los brazos hacia el cielo y cantan.

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No sólo era físicamente parecida a su madre, sino que a veces me parece que su vida no era más que una prolongación de la vida de la madre, poco más o menos como la trayectoria de una bola de billar es sólo la prolongación del movimiento de la mano del jugador, ¿Dónde y cuándo empezó aquel movimiento que posteriormente se convirtió en la vida de Teresa?

Probablemente en el momento en que el abuelo de Teresa, un comerciante praguense, empezó a manifestar en voz alta su adoración por la belleza de su hija, la madre de Teresa. Ella tendría entonces tres o cuatro años y él le contaba que se parecía a una de las madonas de Rafael. La madre de Teresa, con sus cuatro años, lo recordó perfectamente y cuando, más tarde, estaba sentada en el banco del colegio, en lugar de prestar atención al profesor, pensaba en cuál sería el cuadro al que se parecía.

Cuando llegó el momento de casarse tenía nueve pretendientes. Todos se arrodillaban en círculo a su alrededor. Ella estaba en medio como una princesa y no sabía a cuál elegir: uno era más guapo, el segundo más gracioso, el tercero más rico, el cuarto más deportivo, el quinto era de buena familia, el sexto le recitaba versos, el séptimo había viajado por todo el mundo, el octavo tocaba el violín y el noveno era de todos el más varonil. Pero todos estaban arrodillados del mismo modo y tenían los mismos callos en las rodillas

Si al final eligió al noveno no fue tanto porque fuera de todos el más varonil, sino porque, cuando ella le susurró al oído «¡ten cuidado, ten mucho cuidado!», mientras hacían el amor, él, intencionadamente, no tuvo cuidado y ella tuvo que casarse a toda prisa con él, porque no consiguió a tiempo un médico que le hiciera un aborto. Así nació Teresa. Sus numerosísimos parientes vinieron de todos los rincones del país, se inclinaban sobre el cochecito y murmuraban. La madre de Teresa no murmuraba. Callaba. Pensaba en los otros ocho pretendientes y todos le parecían mejores que aquel noveno.

Al igual que su hija, también la madre de Teresa disfrutaba mirándose al espejo. Un día comprobó que tenía un montón de arrugas alrededor de los ojos y se dijo que su matrimonio era un absurdo. Encontró a un hombre nada varonil, que llevaba ya varias estafas y dos divorcios. Odiaba a los amantes que tienen callos en las rodillas. Tenía unas ganas furiosas de ser ella quien se arrodillase. Cayó de rodillas ante el estafador y dejó al marido y a Teresa.

El hombre más varonil se convirtió en el hombre más triste. Estaba tan triste que todo le daba lo mismo. Decía en todas partes en voz alta lo que pensaba y la policía comunista, estupefacta ante sus desorbitadas afirmaciones, lo detuvo, lo condenó y lo encarceló. A Teresa la echaron de la casa precintada y fue a parar a la de su madre.

El hombre más triste murió al poco tiempo en la cárcel, y la madre, el estafador y Teresa se trasladaron a un piso pequeño en un pueblo de montaña. El padrastro de Teresa trabajaba en una oficina, la madre, de vendedora, en una tienda. Parió otros tres hijos. Después volvió a mirarse al espejo y comprobó que era vieja y fea.

Kundera    Milan Kundera. La insoportable levedad del ser

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Definición de poema

pere-gimferrerPara mí el poema es, en efecto, una organización de palabras que define instantes en el tiempo y crea una realidad verbal, estética, sensorial y sonora, una realidad que solo existe en el poema. Una realidad que no se puede decir de otra manera; se puede explicar, pero no decir con otras palabras. 

Pere Gimferrer

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El arte de la poesía de Ezra Pound. (Descarga)

Descarga el libro: El arte de la poesía – Ezra Pound

Origen: Libro 11: El arte de la poesía de Ezra Pound – somoslxspiratas

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