P.: E. M. Forster dice que, a veces, sus personajes principales toman el control y dictan el curso de sus novelas. ¿Ha tenido alguna vez ese problema, o conserva siempre el control sobre la historia?
R.: Lo único que he leído de Forster es una novela que, por cierto, no me gustó. Y, en cualquier caso, no fue él quien inventó esa trillada fantasía sobre personajes con voluntad propia. Es más viejo que la sarna. Aunque, por supuesto, uno empatiza con los personajes de Forster si es cierto que tratan de escapar del viaje ese a la India o adonde sea que los lleva. Mis personajes son esclavos de las galeras.
Vladímir Nabokov
Entrevista con Vladímir Nabokov (“The Paris Review”. 1953-1983)
Lo terrible es el borde, no el abismo. En el borde hay un ángel de luz del lado izquierdo, un largo río oscuro del derecho y un estruendo de trenes que abandonan los rieles y van hacia el silencio. Todo cuanto tiembla en el borde es nacimiento. Y sólo desde el borde se ve la luz primera el blanco –blanco que nos crece en el pecho. Nunca somos más hombres que cuando el borde quema nuestras plantas desnudas. Nunca estamos más solos. Nunca somos más huérfanos.
En cualquier momento puedo estar escribiendo. En cuanto al proceso de trabajo, lo que puedo decir de la novela que estoy ahora haciendo es que no paro de corregir. El otro día me acordé de una frase de mi admirado Monterroso: “Yo no escribo, solo corrijo”. Y sí. Estoy escribiendo un libro y estos días abordé el décimo capítulo, que calculé que tendría unas mil palabras. Eso me animó a escribirlo mucho más que si hubiera pensado que tendría que tener, por ejemplo, cinco mil. En ese décimo capítulo tenía que describir un viaje en coche de Cadaqués a Barcelona. Conducía un viejo pintor de paredes de Cadaqués y un mal pintor de marinas; y de copiloto llevaba al narrador del libro, que pronto sentía que avanzaban muy poco en la carretera a pesar de que ya llevaban una hora de viaje. También le parecía que el mundo no estaba acabado de hacer y que quizás estaban en el infierno, porque se movían como si estuvieran en la eternidad. Hice un primer borrador de casi mil palabras. Lo imprimí y taché unas trescientas. Quité toda la grasa y las cosas que no eran necesarias. Y volví a redactar todo el capítulo. A medida que lo redactaba surgían nuevos elementos. Ayer me di cuenta de que tal vez había escrito que el mundo “no estaba acabado de hacer” quizás porque mi novela, a diferencia de otras que había escrito, se demoraba más de la cuenta y no estaba nunca acabada de hacer. ¿Me he vuelto más exigente conmigo mismo con los años? Seguro. En fin: hay pocas certezas en este oficio. Y una de las pocas es que sin dominar el duro arte de corregir no hay nunca un buen escritor.
Al cumplirse 50 años de su suicidio, es momento de repasar su vida y su obra, un binomio de difícil encaje que la convirtió en una de las voces más influyentes, y escuchadas, de la poesía estadounidense de la segunda mitad del siglo XX
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)