En cualquier momento puedo estar escribiendo. En cuanto al proceso de trabajo, lo que puedo decir de la novela que estoy ahora haciendo es que no paro de corregir. El otro día me acordé de una frase de mi admirado Monterroso: “Yo no escribo, solo corrijo”. Y sí. Estoy escribiendo un libro y estos días abordé el décimo capítulo, que calculé que tendría unas mil palabras. Eso me animó a escribirlo mucho más que si hubiera pensado que tendría que tener, por ejemplo, cinco mil. En ese décimo capítulo tenía que describir un viaje en coche de Cadaqués a Barcelona. Conducía un viejo pintor de paredes de Cadaqués y un mal pintor de marinas; y de copiloto llevaba al narrador del libro, que pronto sentía que avanzaban muy poco en la carretera a pesar de que ya llevaban una hora de viaje. También le parecía que el mundo no estaba acabado de hacer y que quizás estaban en el infierno, porque se movían como si estuvieran en la eternidad. Hice un primer borrador de casi mil palabras. Lo imprimí y taché unas trescientas. Quité toda la grasa y las cosas que no eran necesarias. Y volví a redactar todo el capítulo. A medida que lo redactaba surgían nuevos elementos. Ayer me di cuenta de que tal vez había escrito que el mundo “no estaba acabado de hacer” quizás porque mi novela, a diferencia de otras que había escrito, se demoraba más de la cuenta y no estaba nunca acabada de hacer. ¿Me he vuelto más exigente conmigo mismo con los años? Seguro. En fin: hay pocas certezas en este oficio. Y una de las pocas es que sin dominar el duro arte de corregir no hay nunca un buen escritor.
Al cumplirse 50 años de su suicidio, es momento de repasar su vida y su obra, un binomio de difícil encaje que la convirtió en una de las voces más influyentes, y escuchadas, de la poesía estadounidense de la segunda mitad del siglo XX
Algunas personas son capaces de contar una historia más o menos verdadera de sí mismas. Otras son fantasiosas. Su sentido de quiénes son choca de tal modo con lo que el resto del mundo piensa de ellas que resultan patéticas. Eso lo vemos una y otra vez en la vida: la mujer que se va haciendo mayor pero cree que sigue teniendo veinte años e ignora que ofrece una estampa ridícula a ojos de los demás. O el poeta mediocre que se considera brillante. Es penoso estar con esa gente. Luego está el otro extremo, la gente que se subestima a sí misma. Suelen ser personas mucho más valiosas de lo que creen, y, con frecuencia, muy admiradas por otras. Y, sin embargo, se suicidan por dentro. Casi por definición, las buenas personas son duras consigo mismas; y las que no son tan buenas creen que son las mejores.
Un detalle de la cubierta del libro ‘La muerte ajena’ (Alfaguara), de Claudia Piñeiro.
El lanzamiento de los textos confesionales de Marcos Giralt Torrente y Héctor Abad Faciolince coincide con los thrillers de Claudia Piñeiro y Katie Kitamura. Más información: Los libros más vendidos: 25 de abril de 2025
Creo haberle dicho un día que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado.
Si hubiera inventado mi escritura, lo habría hecho como una revolución interminable. En cada situación, es preciso crear un modo de exposición apropiado, inventar la ley del acontecimiento singular…
P.: Otro crítico ha dicho sobre usted: «Sus mundos son estáticos. Tal vez adquieran tensión por su carácter obsesivo, pero no se hacen añicos como los mundos de la realidad cotidiana». ¿Está de acuerdo? Hay algo estático en su forma de ver el mundo?
R ¿La «realidad» de quién? ¿«Cotidiana» dónde? Permítame decir que el mismo término «realidad cotidiana» es sumamente estático, pues presupone la existencia de una situación observable de forma permanente, esencialmente objetiva y universalmente conocida. Sospecho que se ha inventado usted a ese crítico experto en la «realidad cotidiana». Ni existe el crítico, ni existe la realidad cotidiana.
Vladímir Nabokov
Entrevista con Vladímir Nabokov (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)