Los escritores que crean adicción, Javier Marías

Hay escritores horribles, malos, pasables, buenos y excelentes. Los hay incluso, geniales. Pero también hay otros en los que su calidad es un asunto secundario, aunque sin duda se les reconozca. So…

Origen: Los escritores que crean adicción, Javier Marías – Calle del Orco

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Lectura. «Estrella distante». Roberto Bolaño

El narrador vio por primera vez a aquel hombre en 1971, o 1972, cuando Allende aún era presidente de Chile. Entonces se hacía llamar Ruiz-Tagle y se deslizaba con la distancia y la cautela de un gato por los talleres literarios de la universidad de Concepción. Escribía poemas también distantes y cautelosos, seducía a las mujeres, despertaba en los hombres una indefinible desconfianza. Volvió a verlo después del Golpe, época en que hasta los poetas jóvenes de dieciocho años, como ellos, se vieron de repente abocados a una Bolaño. Estrella distanterepentina, sangrienta madurez. Pero en esa ocasión el narrador aún ignoraba que aquél aviador, Wieder, que escribía con humo versículos de la Biblia con un avión de la Segunda Guerra Mundial, y Ruiz-Tagle, el aprendiz de poeta, eran uno y el mismo.Versículos que leían los prisioneros en los estadios, y que ya no leerían las hermanas Garmendia, dos de las poetas que había seducido y hecho desaparecer… Y así, en un ineludible recorrido por las muchas bifurcaciones de los senderos de la historia, las mitologías y las literaturas de nuestra época, nos es contada la nada ejemplar fábula de un impostor (¿pero no somos todos impostores en algún momento de nuestras vidas?), de un hombre de muchos nombres, sin otra moral que la estética (¿pero no es ésta la aspiración de todo artista?), dandy del horror, asesino y fotógrafo del miedo, artista bárbaro que llevaba sus creaciones hasta sus últimas y letales consecuencias…

Contraportada. Editorial Anagrama


 

Textos

Todos duermen. Él, probablemente, se ha acostado con Verónica Garmendia. No tiene importancia. (Quiero decir: ya no la tiene, aunque en aquel momento sin duda, para nuestra desgracia, la tuvo.) Lo cierto es que Carlos Wieder se levanta con la seguridad de un sonámbulo y recorre la casa en silencio. Busca la habitación de la tía. Su sombra atraviesa los pasillos en donde cuelgan los cuadros de Julián Garmendia y María Oyarzún junto con platos y alfarería de la zona. (Nacimiento es famoso, creo, por su lozería o alfarería.) Wieder, en todo caso, abre puertas con gran sigilo. Finalmente encuentra la habitación de la tía, en el primer piso, junto a la cocina. Enfrente, seguramente, está la habitación de la empleada. Justo cuando se desliza al interior de la habitación escucha el ruido de un auto que se acerca a la casa. Wieder sonríe y se da prisa. De un salto se pone junto a la cabecera. En su mano derecha sostiene un corvo. Erna Oyarzún duerme plácidamente. Wieder le quita la almohada y le tapa la cara. Acto seguido, de un sólo tajo, le abre el cuello. En ese momento el auto se detiene frente a la casa. Wieder ya está fuera de la habitación y entra ahora en el cuarto de la empleada. Pero la cama está vacía. Por un instante Wieder no sabe qué hacer: le dan ganas de agarrar la cama a patadas, de destrozar una vieja cómoda de madera destartalada en donde se amontona la ropa de Amalia Maluenda. Pero es sólo un segundo. Poco después está en la puerta, respirando con normalidad, y les franquea la entrada a los cuatro hombres que han llegado. Éstos saludan con un movimiento de cabeza (que sin embargo denota respeto) y observan con miradas obscenas el interior en penumbras, las alfombras, las cortinas, como si desde el primer momento buscaran y evaluaran los sitios más idóneos para esconderse. Pero no son ellos los que se van a esconder. Ellos son los que buscan a quienes se esconden. Y detrás de ellos entra la noche en la casa de las hermanas Garmendia. Y quince minutos después, tal vez diez, cuando se marchan, la noche vuelve a salir, de inmediato, entra la noche, sale la noche, efectiva y veloz. Y nunca se encontrarán los cadáveres, o sí, hay un cadáver, un solo cadáver que aparecerá años después en una fosa común, el de Angélica Garmendia, mi adorable, mi incomparable Angélica Garmendia, pero únicamente ése, como para probar que Carlos Wieder es un hombre y no un dios.

Según diversos testimonios, apareció en la estación alrededor de medianoche. Le quedaba una hora de tiempo hasta la partida de su tren. En la barra del bar de la estación se tomó un café. Llevaba el bolso de viaje y en la otra mano el libro de Carrera, la novela policíaca y el ejemplar de Le Monde. Según el camarero que le sirvió el café, estaba sobrio. No estuvo en el bar más de diez minutos. Un empleado lo vio pasear por los andenes, lentamente pero con paso firme y seguro. En modo alguno borracho. Se supone que se perdió por aquellos vericuetos abiertos de los que hablaba Dalí. Se supone que lo que quería era, precisamente, eso. Perderse durante una hora por la magnificencia soberana de la estación de Perpignan. Recorrer el itinerario (¿matemático, astronómico, mítico?) que Dalí soñó que se ocultaba sin ocultarse en los límites de la estación. En realidad, como un turista. Como el turista que Soto siempre fue desde que dejó Concepción. Turista latinoamericano, perplejo y desesperado a partes iguales (Gómez Carrillo es nuestro Virgilio), pero turista al fin y al cabo. Lo que sucedió a continuación es vago. Soto se pierde por la catedral o por la gran antena que es la estación ferroviaria de Perpignan. La hora y el frío, es invierno, hacen que la estación esté casi vacía pese a la proximidad del tren con destino a París de la una de la mañana. La mayoría de la gente está en el bar o en la sala de espera principal. Soto, no se sabe cómo, tal vez atraído por las voces, llega a una sala apartada. Allí descubre a tres jóvenes neonazis y un bulto en el suelo Los jóvenes patean el bulto con aplicación. Soto se queda detenido en el umbral hasta que descubre que el bulto se mueve, que de entre los harapos sale una mano, un brazo increíblemente sucio. La vagabunda, pues es una mujer, grita no me peguen más. El grito no lo escucha absolutamente nadie, sólo el escritor chileno. Tal vez a Soto se le llenan los ojos de lágrimas, lágrimas de autocompasión, pues intuye que ha hallado su destino. Entre Tel Quel y el OULIPO la vida ha decidido y ha escogido la página de sucesos. En cualquier caso deja caer en el umbral su bolso de viaje, los libros, y avanza hacia los jóvenes. Antes de trabarse en combate los insulta en español. El español adverso del sur de Chile. Los jóvenes acuchillan a Soto y después huyen. La noticia apareció en los periódicos de Cataluña, un suelto muy breve, pero yo me enteré por una carta de Bibiano, muy extensa, casi como el informe de un detective, la última que recibí de él.

Esta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura. En adelante escribiré mis poemas con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar.

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Roberto Bolaño. Estrella distante

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Memorias de Concha de Marco

Concha de Marco, en su despacho.

Caiga quien caiga

La escritora Concha de Marco dejó al morir unas amargas memorias sobre su exilio interior como represaliada antifranquista […]

Origen: Caiga quien caiga | Babelia | EL PAÍS

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Ventana a YouTube. Jussi Björling Nessun Dorma

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15 años sin Roberto Bolaño

Referente indiscutible de la literatura internacional, tres lustros después de su muerte la obra del escritor chileno sigue ejerciendo su influencia y suscitando nuevas lecturas. Varios amigos y expertos en su figura analizan todas las aristas de Roberto Bolaño en unas jornadas de homenaje en la Casa de América.

Origen: 15 años sin Roberto Bolaño

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CXV

The Philosophical Hall, Strahov Monastery Library, en Praga

«The Philosophical Hall», Strahov Monastery Library, en Praga

 

Suzzallo Library, Seattle, Washington.

«Suzzallo Library», Seattle, Washington.

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Descargas: Escrita por mujeres: 140 libros para descargar gratis en PDF

Los libros más representativos en poesía, narrativa, teatro y ensayos, escritos por mujeres, a tu disposición 100% gratis en PDF.

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La pulsión de escribir. Patti Smith

Patti Smith

No sé por qué empecé a escribir, pero sé que la escritura es un don. Puede que la primera vez que sentí la pulsión tuviera siete u ocho años. Fue al leer los cuentos de hadas de Oscar Wilde. Me dije que aquello era distinto de todo lo que había leído hasta entonces. Y que yo también quería escribir mis propios cuentos.

 

Patti Smith

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Leer es la completa eliminación del ego, Virginia Woolf

Hoy, como si fuera una mariposa cuyas alas se hubiesen arrugado hasta la extenuación, empiezo a reabrirlas, a batirlas y a planear a través el aire. No he leído tantas horas seguidas desde hace no …

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Cuaderno de poemas. «La poesía». Liliana Bodoc

La poesía

Recuerdo muy bien aquel mundo de agua donde empezó mi vida. Lo recuerdo porque puedo imaginarlo, porque puedo conjeturarlo. Ese mundo de agua, redondo y sin fondo, donde adquirí mi forma fue la metáfora primera que conocí. Y el canal entre mi madre y yo, fue el primer verso.
Porque la poesía es una conjetura acerca de lo inefable. Un modo, quizás el único, de
acercarse a las quimeras.
Recuerdo también el día en que mi madre se quedó parada a mis espaldas, mientras yo subía las escaleras de la mano de una mujer vestida con guardapolvo blanco. La mujer me dijo que no llorara, que iba a enseñarme a dibujar la letra m. Entonces, llegó de nuevo la poesía. Y entendí que el lenguaje puede ser la extensión del regazo materno.
También recuerdo cuando ocurrió al revés, y fue mi propio vientre una metáfora de agua.
Puedo recordar cuando yo fui la madre detenida a espaldas de mi niña. Aquella vez, regresó la poesía a explicarme los sentidos del tiempo.
Hoy recuerdo mi muerte.
Puedo recordarla porque puedo imaginarla, puedo conjeturarla.
Si en ese trance consigo aceptar que es nuestro deber dejar sitio a los otros, entonces la muerte no será más que la mejor metáfora del amor.

Liliana Bodoc

Liliana Bodoc

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