¿Por qué es melancólica la gente creativa?. Patricia Highsmith

¿Por qué es melancólica la gente creativa? Porque no tienen el estricto marco de comportamiento al que se ciñen los demás. Son hierba a merced del viento, mecida de aquí para allá, aplastada, a veces, contra el suelo.

Patricia Highsmith

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Crítica: «La ferocidad», de Nicola Lagioia

Nicola Lagioia, autor de ‘La ferocidad’, Premio Strega 2015. Foto: Marta Calvo

Nicola Lagioia, escritor: «Ataqué al gobierno Meloni y pagué el precio de su resentimiento»

El italiano, autor de ‘La ciudad de los vivos’, retrata en ‘La ferocidad’ los mecanismos de corrupción de la ciudad de Bari.

Origen: Nicola Lagioia, escritor: «Ataqué al gobierno Meloni y pagué el precio de su resentimiento»

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Lectura: «La otra hija», de Annie Ernaux

Hablar a los muertos | Letras Libres

Cuando tenía diez años, Annie Ernaux (Lillebonne, 1940) se enteró de que sus padres habían tenido otra hija que había muerto de difteria en 1938, siete meses antes de que la vacuna fuese obligatoria. A esa hermana desconocida está dedicado –y en torno a ella gira– La otra hija. Ernaux juega deliberadamente con el género epistolar y en varios momentos…

Origen: Hablar a los muertos | Letras Libres


Textos

Es una foto color sepia, ovalada, pegada al cartón amarillento de una alfombra, muestra a un bebé posando de tres cuartos en unos cojines festoneados, superpuestos. Lleva una camisola bordada, cerrada con una amplia presilla sobre la que va anudado un gran lazo por detrás de los hombros, como una gruesa flor o las alas de una mariposa gigante. Un bebé larguirucho, descarnado, cuyas piernas, separadas, avanzan estirándose hacia el borde de la mesa. Bajo su cabello castaño, recogido en un único rizo sobre su frente abombada, abre los ojos de par en par con una intensidad casi devoradora. Sus brazos, extendidos igual que los de una pepona, parecen agitarse. Se diría que va a dar un brinco. Al pie de la foto, la firma del fotógrafo —M. Ridel, Lillebonne—, cuyas iniciales entrelazadas adornan también la esquina superior izquierda de la carpeta, muy sucia, con las tapas medio sueltas.


Buena tampoco lo era a los ojos de Dios, como me dio a entender de forma categórica el padre B. en mi primera confesión, a los siete años, cuando revelé haber cometido «malas acciones solas y con otras personas», hoy en día muestra de un despertar normal a la sexualidad y, según él, falta que me condenaba al infierno. Como también me confirmará un día la directora del internado, clavándome su mirada exaltada, «se puede tener un diez en todas las asignaturas y no agradar a Dios». Yo no mostré ningún interés por las cosas de la religión. No me gustaba Dios, me daba miedo, pero nadie se lo imaginaba, me limitaba a permanecer indolente, silenciosa, cuando ella me susurraba al oído en la iglesia, arrodillada ante la luz roja, «rézale bien a Jesús», conminación que yo sentía como una puerilidad indigna de la madre todopoderosa que era.


Orgullo y culpabilidad por haber sido, con un propósito indescifrable, escogida para vivir. Quizás más orgullososa que culpable por ser un superviviente. Pero escogida para hacer qué exactamente. A los veinte años, después de mi descenso a los infiernos de la bulimia y de la sangre menstrual interrumpida, me vino una respuesta a la cabeza: para escribir. En mi cuarto, en casa de los padres, puse en la pared esta frase de Claudel, cuidadosamente copiada en un folio con los bordes quemados con un mechero, como un pacto satánico: «Sí, creo que no he venido al mundo en vano, que había en mí algo necesario, imprescindible». No escriba porque estés muerta. Tú estás muerto para que yo escriba, he ahí la gran diferencia.


Nunca los oí pronunciar tu nombre, del que me enteré por mi prima C. De adolescente me parecía viejo, casi ridículo. Ninguna niña de la escuela se llamaba así. Aún hoy siento cierto malestar, una repugnancia difusa al oírlo. Rara vez lo digo. Como si me estuviera prohibido. Ginette.


Evidentemente, esta carta no te está destinada, y tú no la leerás. Son los otros, lectores tan invisibles como tú cuando escribes, quienes la recibirán. Sin embargo, un fondo de pensamiento mágico en mí querría que, de manera inconcebible, analógica, te llegara como en otro tiempo me llegó a mí, un domingo de verano —puede que fuera el mismo domingo en que Pavese se suicidaba en una habitación de Turín—, la noticia de tu existencia por un relato del que tampoco yo era la destinataria.

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«Lo pequeño que nos sostiene». Javier Aznar

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El oficio de escritor. William Faulkner

Creo que lo que le lleva a alguien a escribir es descubrir por sí mismo una verdad; una verdad que había existido siempre, pero que él acaba de descubrir. Le parece tan conmovedora, que le resulta necesario contársela a todo el mundo de forma que les conmueva en la misma medida que a él. Intenta contar esa verdad de la mejor forma de la que es capaz. Puede que sea consciente de su probable fracaso, de que nunca logrará referir esa verdad de una forma que les parezca a todos los demás tan sincera, conmovedora, bella, apasionante, terrible, como le pareció a él, pero lo intentará. Lo intentará mediante distintos métodos, a través del estilo, pero sin pretender resultar difícil, ni oscuro, porque no persigue el estilo, no aspira al método, sencillamente intenta contar una verdad: la que lo perturbó tanto que tuvo que aplicarse a contarla de algún modo que le parezca lo bastante inquietante o auténtica, o bella, o trágica a cualquiera que la lea. Y esa es la razón de la oscuridad: que el escritor está tratando de contar la verdad que tanto le importa de la forma mejor y más conmovedora que puede. Ahora, si pudiera narrar esa misma verdad diez años más tarde, tal vez se daría cuenta entonces de que había elegido una mala forma de contarla la primera vez. Era demasiado oscura y podría hacerlo mejor ahora, pero ya es demasiado tarde; ya ha referido esa verdad y ahora tiene que contar otra. Y ese, creo yo, es el motivo de la oscuridad: no se trata de nada deliberado, porque a ningún escritor le sobra el tiempo para interesarse en exceso por el estilo o el método. La historia, la verdad que está contando, inventa su propio estilo, su propio método.

William Faulkner

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Cuaderno de poemas. Mario Luzi

Con un poco de sueño todavía
ella levanta la persiana
y así se llena
de oro y aire
opalescente el cuenco
de la habitación. Oh mañana,
oh celeste soberbia,
no me abrumes, no me agarres
a la fuerza; no estoy preparada aún-
piensa y a su vez lo musita
a su débil reticencia-
se te opone
la dureza y la sombra
de mi opacidad
que la noche no consumió
y el despertar no disipó.
Por favor, nuevo día,
ven, pero ven despacio,
entra suavemente en la sustancia,
enciéndeme como una lámpara,
entonces seré votiva
como debo y como quiero ser
por ti, por mis semejantes,
por el alma del mundo
que nos conforta, nos ofende
y mucho nos consuela, a nosotros, su parte.

Mario Luzi
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Ventana a YouTube. Dire Straits. Sultans Of Swing (Live at Wembley 1985)

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Vídeo. «The Sacrifice». Andre Tarkovsky

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Álbum de librerías incompleto 285

Librería «Antikvarijat Vulin», Belgrado, Serbia

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Cinco libros de László Krasznahorkai, premio Nobel de literatura en 2025 | Cultura | EL PAÍS

László Krasznahorkai, en 2018.Foto: inma flores

Desde su debut con ‘Tango satánico’ hasta su última obra traducida al español, ‘El barón Wenckheim vuelve a casa’

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