Estamos atravesando por lo que yo llamaría una crisis universal del sentido. La religión, la ciencia, el arte, ya no dan respuestas a nadie. El fin de la historia, el fin de las ideologías, la muerte de las utopías, quieren decir sencillamente que no le vemos un sentido al mundo. La pregunta, entonces, sería: ¿Qué sentido tiene la literatura en un mundo sin sentido? No hay más que dos respuestas. La primera: ningún sentido. La segunda es precisamente la que hoy no parece estar de moda: el sentido de la literatura es imaginarle un sentido al mundo y, por lo tanto, al escritor que la escribe.
Sométete por entero a tu mejor momento, a tu más grande recuerdo. Es él a quien hay que reconocer como rey del tiempo. El más grande recuerdo. El estado al que debe reconducirte toda disciplina. El…
No me indigno, porque la indignación es cosa de los fuertes; no me resigno, porque la resignación es cosa de los nobles; no me callo, porque el silencio es cosa de los grandes. Y yo no soy ni fuerte, jai noble, ni grande. Sufro y sueño. Me quejo por ser débil y, porque soy artista, me entretengo en tejer mis quejas de modo musical y a organizar mis sueños como mejor me parece mi idea de encontrarlos hermosos. Sólo lamento no ser niño, para poder creer en mis sueños, no estar loco para poder apartar del alma de todos los que me rodean, Tomar el sueño por real, vivir demasiado los sueños le dio esta espina a la rosa falsa de mi soñada vida: que ni los sueños llegan a agradarme, porque les descubro defectos. Ni pintando ese cristal de sombras de colores puedo ocultar el rumor de la vida ajena a mi mirarla desde el otro lado. ¡Dichosos los creadores de sistemas pesimistas! No sólo se defienden por haber hecho cualquier cosa, sino que también se alegran con la explicación y se incluyen en el dolor universal. Yo no me quejo por el mundo. No protesto en nombre del universo. No soy pesimista. Sufro y me quejo, pero no sé si lo que hay de general es el sufrimiento ni sé si es humano sufrir. ¿Qué me importa a mí saber si eso es cierto o no? Yo sufro, no sé si merecidamente. (Corza perseguida). Yo no soy pesimista, soy triste.
Natalia Ginzburg no es solo la autora de una obra maestra literaria como Léxico familiar u otras no menos magistrales como Las palabras de la noche. Dejó también buena muestra de su genialidad en relatos […]
–Entonces su madre se metía mucho en sus escrituras.
–Te cuento el caso concreto de la Crónica de una muerte anunciada, que es un episodio de la vida real. ¡Hasta tengo demanda por daños y perjuicios! El problema de ese libro, para mi madre, es que a la madre de Santiago Nasar, cuando en la realidad vio que lo venían persiguiendo, nunca se le ocurrió que lo iban a matar a él sino que le iban a hacer un escándalo adentro de la casa. Por eso ella cerró la puerta, para que el escándalo sucediera afuera. Y lo mataron a su hijo contra la puerta. Cuando eso pasó, en 1950, yo era periodista en El Heraldo. Mi madre vivía en la casa de al lado. Cuando supo que yo estaba escribiendo sobre eso, me rogó que no siguiera mientras la madre de Nasar estuviera viva.
–Y el escritor, ¿le hizo caso a su madre?
–Yo le hice caso… Esta señora vivió muchos años; cuando murió, yo estaba en Barcelona, le hablé por teléfono a mi madre y le dije: “Voy a escribir el libro”. Mi madre me dijo: “Bueno, pero con mucho cuidado”. Lo escribí, lo publiqué y enseguida los periodistas agarraron el hilo, se fueron al pueblo y destaparon los nombres reales. Mi mamá me llamó por teléfono y me dijo: “Hijo mío, yo nunca te he pedido nada –cosa que me decía todos los domingos cuando nos hablábamos–, yo nunca te he pedido nada pero te voy a rogar que hagas recoger ese libro que está haciendo mucho daño a una familia que queremos mucho”. Y yo le dije: “Madre, hay un millón de ejemplares en la calle”. “Hijo, yo sé que cuando quieres, lo logras todo.” Un carácter fuerte el de mi madre. Y siempre comentándome al leer mis libros: “Esto no fue así, esto fue de otra manera”.
–En el fondo, su madre era periodista.
–Ella siempre luchaba a favor de la realidad.
(Entrevista a Gabriel García Márquez realizada por Rodolfo Braceli en 1996 para la revista Gente).
Jose Angel González Sainz, fotografiado junto al canal de de un antiguo lavadero de lanas en el Duero, en Soria.JUAN MILLÁS
José Ángel González Sainz: “En España no estamos creando ciudadanos, estamos creando antagonistas”
El escritor José Ángel González Sainz ha provocado, con su libro ‘La vida pequeña. El arte de la fuga’, un pequeño fenómeno editorial. Es la primera parte de una trilogía filosófico-literaria plagada de ternura, humor, indignación y resignación: un antídoto contra la prisa sin causa, el vacío, la intolerancia y el narcisismo.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)