Los libros que uno ama apasionadamente producen la sensación, cuando los abres por primera vez, de que siempre estuvieron ahí: aparecen en ellos lugares en los que no has estado, cosas que uno antes nunca ha visto ni oído, pero el acople de la memoria personal con esos lugares o cosas es tan rotundo que de algún modo acabas pensando que has estado allí.
El suicidio, el incesto, la enfermedad mental y teorías científicas y filosóficas de toda índole son los ejes que centran la última obra del escritor de ‘La carretera’ tras 16 años de silencio
Cuando uno quiere poner por escrito una idea que se le ha ocurrido, hay algo así como un desaliento previo, una convicción fatalista de que no será posible, o que no saldrá bien, no sólo por el trabajo que da sino por una especie de forzamiento, de antinatural, que conlleva ese trabajo. No debería ser así. La idea ya está hecha de palabras, ¿de qué otra cosa va a estar hecha? Pero son palabras en estado naciente, todavía sin asomar como palabras sino como lo que va a hacer a las palabras. Un mínimo de experiencia enseña que la idea no será realmente idea hasta que esté redactada, pero igual uno se aferra a creer que es una idea ya, y por serlo es una buena idea, en ese formato sin sintaxis, sin las palabras justas y en orden. Esa cualidad de informe le da un brillo, un encanto, una elegancia de fábula. (El desaliento es parte de ese sentimiento.) Y si es la idea de un relato, la historia de ese relato sucede fuera del tiempo, en un resplandor de sucesos simultáneos cargados de tiempo.
La escritora estadounidense, gran maestra de la autoficción, publica en España ‘El fin de la novela de amor’, donde cuestiona el supuesto poder transformador de este sentimiento, que viene a ser el gran apego o la rémora de su vida
ENTREVISTADORA: ¿No tiene la impresión de que, al escribir, usted busca librarse de algo? MARGUERITE DURAS: No creo. Se trata de una pulsión no selectiva, que es mi naturaleza, mi verdadero hogar, …
P.: Piensa usted que lo preferible para un poeta sería no trabajar y dedicarse sólo a escribir y a leer?
R.: No, creo que eso sería… Pero nuevamente sólo cabe hablar de uno mismo. Es muy peligroso proponer un camino óptimo para todo el mundo, pero estoy bastante convencido de que si yo empezara a ser independiente económicamente, si no tuviera que molestarme en ganarme la vida y pudiera dedicarme exclusivamente a la poesía, eso tendría un efecto nefasto en mí.
P.: ¿Por qué?
R.: Pues porque creo que me ha resultado muy útil ejercer otras actividades, como trabajar en un banco o incluso ser editor. Y creo también que el hecho de no disponer de todo el tiempo que querría me obliga a concentrarme. Quiero decir que me ha impedido escribir demasiado. Por lo general, el peligro de no tener nada más que hacer es que uno se ponga a escribir demasiado en vez de concentrarse en una producción más pequeña y perfeccionarla. Al menos ése sería el peligro para mí.
Mis libros (que no saben que yo existo) son tan parte de mí como este rostro de sienes grises y de grises ojos que vanamente busco en los cristales y que recorro con la mano cóncava. No sin alguna lógica amargura pienso que las palabras esenciales que me expresan están en esas hojas que no saben quién soy, no en las que he escrito. Mejor así. Las voces de los muertos me dirán para siempre.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)