Escribir es sustraerse de la vida. Pero para escribir, hay que vivir. Me doy cuenta ahora hasta qué punto primero hay que lanzarse a la vida, olvidando la escritura, para después lanzarse a escribir, olvidando la vida. Escribir es ante todo una operación temporal. Como la música.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.
Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.
Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.
Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad».
Rafael Chirbes, autor del libro del año de ‘Babelia’, visto por Sciammarella
Muy buenas,
el 16 de diciembre de 2006 (tal día como ayer pero de hace 16 años), Rafael Chirbes escribió esto en un cuaderno de tapas negras:
“El vampiro sigue sin pegar ojo. Apago la luz a las cuatro, me despierto a las seis y media, y luego dormito hasta tarde con la radio puesta. Cuando me asomo al exterior, descubro que ha cuajado un día bellísimo, azulísimo, un sol pascual, planta […]
La escritura se me hizo entonces tan fluida que a ratos me sentía escribiendo por el puro placer de narrar, que es quizá el estado humano que más se parece a la levitación.
Mi opinión personal es que lo que yo había escrito nunca había resultado tan bueno como yo quería, o esperaba, que fuera; esa es la razón de que el escritor escriba otro libro. Si uno escribiera un…
Ven a vivir conmigo. Tendremos todos los libros de poesía que existen en el mundo. Toda la música. Todos los alcoholes que arden en los ojos y corroen el odio. Nos embriagaremos hasta oscilar como seres de una materia fosforescente, y diremos tantos poemas que nuestras lenguas se incendiarán como rosas.
Ninguno de los libros de este mundo Te aportará la felicidad, Pero secretamente te devuelven A ti mismo. Allí está todo lo que necesitas, Sol, luna y estrellas, Pues la luz que reclamas Habita en tu interior.
Ese saber que tú tanto buscaste Por bibliotecas resplandece Desde todas las lágrimas, Puesto que ese libro es tuyo ahora.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)