Principios de noviembre. Son las nueve. Los paros carboneros se estrellan contra la ventana. Unas veces salen volando, aturdidos por el choque, otras caen y quedan tendidos sobre la nieve reciente, pugnando por echar a volar de nuevo. No sé qué tendré yo que quieran ellos. Miró por la ventana hacia el bosque. Una luz roja brilla sobre los árboles que bordean el lago. Empieza a correr el aire. Veo la forma del viento sobre el agua.
Lo que hago, cosa que nunca le he revelado a nadie, es cerrar los ojos cada vez que voy a encargarme de alguna labor que va más allá de mis deberes cotidianos, y entonces me imagino cómo la realizaría mi padre o cómo la realizó alguna vez delante de mí, y luego lo imito hasta encontrar el ritmo correcto, y entonces la tarea se torna visible y se clarifica, y así lo he hecho desde que tengo memoria, como si el secreto residiera en la actitud del cuerpo respecto al trabajo que lleva entre manos, en cierto equilibrio en el punto de partida, como el que se requiere para acertar justo en la tabla de batida en el salto de longitud y para el sereno cálculo previo de cuánto se necesita,
Era el aroma de troncos recién talados. Se extendía desde el camino hasta el río, colmaba el aire y flotaba sobre el agua y lo impregnaba todo y me adormecía y me atontaba. Me encontraba en medio de todo. Olía a resina, me olía la ropa y me olía el cabello y, por la noche, notaba que la piel me olía a resina cuando me iba a la cama. Me quedé dormido con ese aroma y me despertaba con él y me acompañaba durante todo el día. Yo era bosque. Hacha en mano, hundido hasta las rodillas entre las ramas de los pinos, iba desnudando el árbol como me había enseñado mi padre; cortando las ramas a ras del tronco para que no quedaran prominencias que obstaculizaran el descortezamiento o hicieran tropezar a quien tuviera que correr sobre los maderos cuando éstos se agolparan y se quedaran atascados en medio del río.
Sobre aquel muelle alguien había instalado un banco, y en el banco estaba sentada la madre de Jon, y junto a ella estaba sentado mi padre. Estaban sentados muy juntos, él recién afeitado, y ella con el vestido azul de flores amarillas que se ponía para viajar a Innbygda. Sobre los hombros tenía la chaqueta de él, y también el brazo de él, allí donde yo había colocado el mío hacía menos de un día, pero él hizo algo que yo no había hecho. La besó, y me di cuenta de que ella lloraba, pero no porque él la estuviera besando, y él la besaba de todos modos, y ella lloraba de todos modos.
Lucho por emerger del sueño, por subir hacia la luz, y, en efecto, veo la luz sobre mí. Es como estar bajo el agua; la superficie azul centellea allá arriba, tan cerca y tan inalcanzable al mismo tiempo, porque nada se mueve con rapidez en las capas violáceas de aquí abajo, y ya he estado aquí antes, pero ahora no sé si voy a llegar arriba a tiempo. Alargo los brazos al máximo, mareado de agotamiento, y de pronto noto un aire frío contra las palmas de las manos, y me impulso con las piernas y mi rostro atraviesa la membrana superior y consigo abrir la boca y tomar aire. Luego abro los ojos, y ya no hay luz, sino que está tan oscuro como abajo en las profundidades. La decepción me sabe una ceniza en la boca, no era aquí a donde quería ir. Inspiro profundamente y aprieto los labios y estoy a punto de zambullirme de nuevo cuando comprendo que estoy tendido en la cama, debajo del edredón, en esta alcoba contigua a la cocina, que aún falta para que amanezca y sigue siendo completamente de noche, que no hay motivos para seguir conteniendo la respiración. Suelto el aire y rompo a reír de alivio contra la almohada, y luego me deshago en llanto antes de que me dé tiempo a entender por qué. Esto es nuevo para mí, no recuerdo la última vez que se me escaparon las lágrimas, y la llorera me dura un rato, y pienso: si una mañana no alcanzo esa superficie, ¿querrá eso decir que me muero?
En el momento en que aparecen varios personajes en un cuadro, surge el chismorreo acerca de las relaciones que entre ellos pueda haber, lo que desencadena una suerte de narración. Confío pintar alguna vez una composición de muchas figuras que no dé pie a esa narración.
Es un tema tan incierto, tan cambiante, y también por momentos tan aterrador —por la posibilidad apocalíptica de que las máquinas puedan suplantarnos a los humanos en la creatividad del lenguaje, que es nuestra naturaleza más distintiva…
Por eso para mí es tan cómoda la literatura y tan incómoda esta situación de entrevista. Tiene que ver con el control que uno tiene primero con la conciencia del daño que podés hacer cuando no comunicás exactamente lo que querés o cuando comunicás lo que querés y no deberías. Lo segundo es la inestabilidad en que sucede el lenguaje. En el espacio de la literatura yo detengo el mundo y si me toma tres meses entender una oración de siete palabras me toma tres meses. La oralidad, en cambio, no permite esa suspensión del tiempo. En la oralidad el lenguaje te da coletazos por todas partes, todo el tiempo te esta mordiendo la cola. Y piensas: no es exactamente esto lo que quise decir, no lo dije o quería decir esto otro. Es el espacio de la duda, del malentendido.
Estoy convencido de que existe una pluralidad de críticas que no solo es posible, sino también deseable, e incluso casi inevitable. Hablo de una pluralidad de críticas en el sentido fuerte en que h…
Me dedico a escribir porque me parece burdo, en cierta manera, todo lo que se expresa sin ambigüedades. Si encima se trata de mí, me dan ganas de reírme o de ponerme a llorar. Por lo demás, no tengo gran cosa que contar a los entrevistadores; lo poco que he aprendido de la vida y del arte de la narrativa lo intento decir en mi obra.
(…)
En otras palabras, reniego de cualquier conexión esencial entre mi vida y lo que escribo. Me parece un área de interés morbosa e inapropiada, aunque bastante natural; muchos intereses morbosos son naturales. Pero la obra, las palabras sobre la página, se tiene que separar de nuestras presencias vivas; nos sentamos a escribir y nos convertimos en simple pretexto de esas formas que emitimos.
John Urdike
Entrevista con John Urdike (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)