El amor no se elige, te elige. Un día te das cuenta que no soportas vivir sin ella, que cuando estas a su lado piensas que dentro de un rato se irá y la besas con tanta pasión como si ese beso fuese a parar el tiempo o a darte mas minutos con ella.

A mí me ha solucionado la vida lo mismo que me la ha quitado: la ansiedad. Todavía sigue solucionándomela. Y quitándomela. La solución, diríamos, como disolución. O el incremento salarial como excremento salarial. Hace meses leí una biografía del escritor David Foster Wallace en la que comprendí la importancia de la ansiedad en nuestras vidas. Y en nuestras muertes. Foster Wallace se suicidó. Le dijo a su mujer que se fuera al cine y cuando volvió se lo encontró balanceándose de una cuerda. El caso de Foster Wallace es exagerado. Escribía exageradamente, lo que no significa que escribiera mucho, sino que escribía exagerado. Abra usted cualquiera de sus libros y comprenderá lo que digo. He ahí una prosa inmoderada que conectó con decenas de miles de lectores inmoderados. Se escribe para calmar la ansiedad que proporciona no escribir y se deja de escribir para calmar la ansiedad que proporciona escribir.
Hay días en los que te levantas excitado, deseando ponerte al ordenador o la cuartilla. Te pones con el corazón en la garganta. Vas a sacar al personaje de la novela que tienes entre manos de la situación en la que se quedó ayer. Vas a doblar la esquina para tomar otra calle u otro capítulo, para abordar otra situación que te permita (y le permita) progresar. Tecleas jadeando, como un asmático; ansioso, como el heroinómano a punto de chutarse. Resuelves un párrafo, dos, una página y de súbito te vienes abajo. No era eso. Cuando te vienes abajo, se reduce la ansiedad porque o estás deprimido o estás ansioso, lo que no sabes es si la ansiedad es producto de la depresión o viceversa.
Pero te has deprimido y eso está bien. Has escrito una página, quizá una página mala, pero con la que has doblado la esquina. Mañana la revisarás. Te pones la cazadora y sales a caminar a paso rápido. A los doscientos metros regresa la ansiedad. ¿Por qué? Porque no estás escribiendo. Por si fuera poco, al alejarte del ordenador o de la cuartilla (al bajar la guardia, en fin) han empezado a llegarte las ideas. En tromba, como sale el agua por el boquete de una presa rota. Empiezan las dificultades respiratorias que te solucionan y disolucionan la vida al mismo tiempo; que te la incrementan y te la excrementan a la vez. He ahí un resumen de mis días.

Junto a una madre enferma, dos hermanos hablan y las palabras quieren llenarse de recuerdos. Para no agravar su situación, a la madre no le cuent
Ante la muerte de Natalia Ginzburg ocurrida a los pocos días de esta entrevista, una y otra vez volvió a mi memoria nuestro encuentro en su departamento de Roma, donde alfombras y cortinas amortigu…
Origen: Que se los vea vivir, Natalia Ginzburg – Calle del Orco
No creo que haya una ocupación ideal para un escritor. Se puede escribir en casi cualquier circunstancia, incluso en aislamiento absoluto. Fíjese por ejemplo en Balzac, que vivía encerrado en una habitación secreta de París para burlar a sus acreedores y, mientras tanto, escribía La comedia humana. O mire a Proust, en su habitación forrada de corcho. Aunque Proust, como es sabido, recibía muchas visitas. Supongo que la mejor ocupación para un escritor es conocer a mucha gente distinta y ver cuáles son sus intereses. Esa es una de las desventajas de hacerse mayor: con la edad, uno tiende a mantener contactos más íntimos con un número más reducido de personas.

Entrevista con Aldous Huxley (“The Paris Review”. 1953-1983)
Sobre Literatura: Su lectura, su creación, sus textos...
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