Si diéramos credibilidad a este subgénero, el de las frases promocionales en las fajas de las cubiertas de los libros, los autores serían animales mitológicos más improbables que el hipogrifo
El viejo Síndrome de la Página en Blanco ha muerto. Lo mató la computadora. Deberíamos alegrarnos, porque era una fuente de ansiedad y preocupación, un bloqueo creativo. Pero veo que no es tan así, porque los viejos usuarios del papel seguimos agenciándonos un ersatz del síndrome muerto, como si lo extrañáramos, abriendo un documento nuevo en el Word, y mirando, al menos por un instante, la página en blanco que se dibuja en la pantalla. Qué patético. Los llamados «nativos digitales» no lo hacen jamás. Ellos tienen un nuevo síndrome al que hacer frente, el de la Página Llena, porque efectivamente la pantalla de la computadora está cubierta con toda la información y la literatura y el arte del mundo, y es muy difícil poner algo más. Sólo se puede redistribuir lo que ya hay, o «intervenirlo». Esto último, la intervención, es la forma artística que se ha impuesto, con buenos motivos como se ve.
De mi madre, hasta hace poco, sólo conocí el rostro de entrecasa: el rostro de la preocupación, de la fatiga, de la reprimenda, de la inquietud. Ese rostro venía desde que nuestro padre estuvo….
El amor no se elige, te elige. Un día te das cuenta que no soportas vivir sin ella, que cuando estas a su lado piensas que dentro de un rato se irá y la besas con tanta pasión como si ese beso fuese a parar el tiempo o a darte mas minutos con ella.
A mí me ha solucionado la vida lo mismo que me la ha quitado: la ansiedad. Todavía sigue solucionándomela. Y quitándomela. La solución, diríamos, como disolución. O el incremento salarial como excremento salarial. Hace meses leí una biografía del escritor David Foster Wallace en la que comprendí la importancia de la ansiedad en nuestras vidas. Y en nuestras muertes. Foster Wallace se suicidó. Le dijo a su mujer que se fuera al cine y cuando volvió se lo encontró balanceándose de una cuerda. El caso de Foster Wallace es exagerado. Escribía exageradamente, lo que no significa que escribiera mucho, sino que escribía exagerado. Abra usted cualquiera de sus libros y comprenderá lo que digo. He ahí una prosa inmoderada que conectó con decenas de miles de lectores inmoderados. Se escribe para calmar la ansiedad que proporciona no escribir y se deja de escribir para calmar la ansiedad que proporciona escribir.
Hay días en los que te levantas excitado, deseando ponerte al ordenador o la cuartilla. Te pones con el corazón en la garganta. Vas a sacar al personaje de la novela que tienes entre manos de la situación en la que se quedó ayer. Vas a doblar la esquina para tomar otra calle u otro capítulo, para abordar otra situación que te permita (y le permita) progresar. Tecleas jadeando, como un asmático; ansioso, como el heroinómano a punto de chutarse. Resuelves un párrafo, dos, una página y de súbito te vienes abajo. No era eso. Cuando te vienes abajo, se reduce la ansiedad porque o estás deprimido o estás ansioso, lo que no sabes es si la ansiedad es producto de la depresión o viceversa.
Pero te has deprimido y eso está bien. Has escrito una página, quizá una página mala, pero con la que has doblado la esquina. Mañana la revisarás. Te pones la cazadora y sales a caminar a paso rápido. A los doscientos metros regresa la ansiedad. ¿Por qué? Porque no estás escribiendo. Por si fuera poco, al alejarte del ordenador o de la cuartilla (al bajar la guardia, en fin) han empezado a llegarte las ideas. En tromba, como sale el agua por el boquete de una presa rota. Empiezan las dificultades respiratorias que te solucionan y disolucionan la vida al mismo tiempo; que te la incrementan y te la excrementan a la vez. He ahí un resumen de mis días.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)