El primer alimento literario de mi infancia fueron los numerosos relatos de misterio y horribles aventuras. A los libros que se suelen llamar infantiles y tratan de experiencias emocionantes nunca les presté atención. Nunca me identifiqué con la vida saludable y natural. No me fascinaba lo probable, sino lo imposible, y no lo imposible por grado, sino por naturaleza.
Mi infancia fue tranquila, mi educación adecuada. Pero desde que tengo conciencia de mí mismo, he percibido en mí una tendencia innata a la mistificación, a la mentira del arte. Añádase a esto un gran amor por lo espiritual, por lo misterioso, por lo oscuro, que, después de todo, no es sino una variante de ese primer rasgo de mí mismo, y mi personalidad queda completamente descubierta ante la intuición.
Mi gato negro y yo, en esta noche lluviosa de verano. La pieza silenciosa. Uno que otro carro se desliza por la calzada húmeda. El barrio duerme, pero mi gato y yo velamos, nos resistimos a dar por concluida la jornada, sin haber hecho nada, al menos yo, que la justifique, que la dote de significación y la diferencie de otras, igualmente parsimoniosas y vacías. Quizás por eso escribo páginas como ésta, para dejar señales, pequeñas trazas de días que no merecían figurar en la memoria de nadie. En cada una de las letras que escribo está enhebrado el tiempo, mi tiempo, la trama de mi vida, que otro descifrarán como el dibujo de la alfombra.
Querida Linda: Estoy en mitad de un vuelo a San Luis para dar un recital. Estaba leyendo una historia del New Yorker que me ha hecho pensar en mi madre y, sola como estoy en el asiento, le he susur…
El primer poema que escribí un día se me ocurrió mientras volvía a casa de la escuela. Me puse a ello -era un día de marzo-y le dediqué horas, de manera que llegué tarde a cenar en casa de mi abuela: lo terminé, pero se cobró su precio. ¿Y qué le dio pie? ¿Qué lo alimentó? Muchos hablan – me pregunto si son sinceros- de lo mucho que les cuesta escribir, de la agonía que supone. Se han citado a menudo mis palabras: «Si no llora el autor, no llora el lector. Si no hay sorpresa para el autor, no la hay para el lector», pero también dije que pese a toda la tristeza, que no haya rencor debe haber pena sin rencor. ¿Cómo puedo yo, cómo puede nadie, disfrutar haciendo algo que supone demasiada agonía, cómo es posible? Qué quiero comunicar más que el hecho de que lo he pasado en grande escribiendo lo que escribo? La poesía es toda ella pericia, esa proeza de asociar. ¿Por qué no hablan los críticos de estas cosas, de la gran proeza que fue lograr ese giro, de la gran proeza que supuso recordar tal cosa o conseguir que tal cosa te recordara otra? Por qué no hablan de eso? Hay que realizar la proeza. No lo dicen, pero hay que vencer, hay que cumplir una misión, en todos los ámbitos: la teología, la política, la astronomía, la historia y la vida del país en el que vives.
Robert Frost
Entrevista con Robert Frost (“The Paris Review”. 1953-1983)
Que este celeste pan del firmamento me alimente hasta el último suspiro. Que estos campos tan fieros y tan puros me sean buenos, cada día más buenos. Que si en tiempo de estío se me encienden las manos con cardos, con ortigas, que al llegar el invierno los sienta como escarcha en mi tejado.
Que cuando me parezca que he caído, porque me han derribado, sólo esté arrodillándome en mi centro. Que si alguien me golpea muy fuerte sólo sienta la brisa del pinar, el murmullo de la fuente serena. Que si la vida es un acabar, cual veleta, chirriando en lo más alto, allá arriba me calme para siempre, se disuelva mi hierro en el azul. Que si alguien, de repente, vino para arrancarme cuanto sembré y planté llorando por las nubes, me torne en nube yo, me torne en planta, que sean aún semilla mis dos ojos en los ojos sin lágrimas del perro.
Que si hay enfermedad sirva para curarme, sea sólo el inicio de mi renacimiento. Que si beso y parece que el labio sabe a muerte, amor venza a la muerte en ese beso. Que si rindo mi mente y detengo mis pasos, que si cierro la boca para decirte todo, y dejo de rozar tu carne ya sembrada, que si cierro los ojos y venzo sin luchar (victoria en la que nada soy ni obtengo), te tenga a ti, silencio de la cumbre, o a ese sol abatido que es la nieve, donde la nada es todo.
Que respirar en paz la música no oída sea mi último deseo, pues sabed que, para quien respira en paz, ya todo el mundo está dentro de él y en él respira. Que si insiste la muerte, que si avanza la edad y todo y todos a mi alrededor parecen ir marchándose deprisa, me venza el mundo al fin en esa luz que restalla. Y su fuego me vaya deshaciendo como llama de vela: con dulzura, despacio, muy despacio, como giran arriba extasiados los planetas.
Las vidas de los escritores Osip y Nadeshzda Mandelstam resuenan en la Rusia de Putin, y nos recuerdan cómo en los regímenes totalitarios la literatura fortalece su valor de resistencia y la poesía retrocede a sus orígenes de memorización y oralidad
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)