Me gustan los libros. Me gusta su mundo. Me gusta estar en la nube que forma cada uno de ellos, que se eleva, que se alarga. Me gusta proseguir la lectura. Me entusiasmo al recuperar ese peso liger…
El principal problema de escribir poesía es conectarla con lo que realmente sientes, y para eso hay que maniobrar muchísimo. Puede parecerte más importante el pomo de una puerta que un gran acontecimiento personal, y entonces ese pomo se abrirá para revelarte algo que puedas usar como propio. Hay mucha poesía que me parece muy buena dentro de la tradición pero que no me conmueve mucho porque no tiene alma. Quizá le concedo demasiada importancia a eso, pero para mí es algo valiosísimo: alguna imagen, algún detalle en que te hayas fijado… Empiezas escribiendo sobre una tiendecita rural, simplemente la describes, y de pronto el poema se convierte en un relato existencialista de tu experiencia. Sin embargo, el punto de partida es la tiendecita, aunque no entendieras por qué te parecía tan importante. A menudo lo único que tienes son las imágenes y cierta noción del principio y el final del poema, y entre ambos hay un abismo que debes sortear; eso lo sabes aunque no conozcas los detalles. Y es maravilloso: sientes que el poema va a salir. Es una lucha terrible, porque lo que realmente sientes no tiene forma, no es algo que puedas poner por escrito, y el poema que estás preparado para escribir no trata de nada que te importe mucho ni de lo que tengas gran cosa que decir. Entonces llega ese momento extraordinario en que tus recursos técnicos, tu forma de construir las cosas, eso con lo que puedes hacer un poema, cobran la suficiente fuerza, y al fin logras alcanzar lo que realmente quieres decir. Quizá ni si quiera sabías que necesitabas decirlo.
Robert Lowell
Entrevista con Robert Lowell (“The Paris Review”. 1953-1983)
Llegará el tiempo en que, con alegría, te saludarás a ti mismo al llegar a tu propia puerta, y ante tu propio espejo cada cual sonreirá al recibirse mutuamente,
y dirá, siéntate aquí. Come. Amarás otra vez al extraño que fuiste. Dale vino. Dale pan. Devuelve tu corazón a sí mismo, al extraño que te amó
durante toda tu vida, a quién ignoraste por otro, a quien te conoce de memoria. Quita las cartas de amor de los estantes,
las fotos, las notas desesperadas, Arranca tu propia imagen del espejo. Siéntate. Celebra tu vida.
¿Por qué contamos historias? ¿Por qué tenemos esta profunda necesidad de contarnos los unos a los otros tanto lo real como lo inventado? ¿Por qué tenemos la necesidad de inclinarnos sobre la mesa o junto a la chimenea o sobre el formidablemente enrevesado cableado de internet y susurrar lo de «Escúchame»? Lo hacemos porque estamos hartos de la realidad y porque necesitamos crear lo que todavía no existe.
Los poemas y las narraciones crean lo que está por llegar. Cualquier frase brotada de la imaginación es un poderoso alegato a favor de lo nuevo. La literatura propone posibilidades, y luego saca verdades de ellas. La narrativa es una de las evidencias más profundas que se nos ha concedido para demostrar que estamos vivos.
En realidad, el auténtico significado de la palabra ficción es moldear o dar forma. Proviene de la voz latina fictio y su verbo es fingere, mientras que su participio pasado es, curiosamente, fictus. No significa (necesariamente) mentir ni inventar. Y tampoco significa que no participe de lo que es «verdad». Consiste en tomar lo que ya está allí y otorgarle una nueva forma.
La literatura puede ser un soporte, o un punto de apoyo contra el desasosiego. ¿Es eso suficiente? Por supuesto que no lo es, pero es todo lo que tenemos.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)