
El autor de ‘Un nuevo país al otro lado de mi ventana’ tuvo que huir de Grecia a los 25 años, empezando de cero en Suecia
Origen: Theodor Kallifatides, escritor: “¿La postal de mi infancia? Demasiada guerra, demasiada muerte”

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Origen: Theodor Kallifatides, escritor: “¿La postal de mi infancia? Demasiada guerra, demasiada muerte”

Crítica de ‘Mi padre alemán’, de Ricardo Dudda
El autor trenza los recuerdos de su progenitor alemán con la historia más reciente de Europa en un reflexivo libro que trasciende a la memoria familiar
Origen: LIBROS | Crítica de ‘Mi padre alemán’, de Ricardo Dudda
Textos
Mi padre nació en 1940 y yo en 1992. Nos llevamos cincuenta y dos años. En su larga vida ha sido muchas cosas más que mi padre. Es padre de otros. Fue marido de una mujer que no es mi madre. Amante de mujeres que ya olvidó y que lo olvidaron, a las que abandonó o que le abandonaron. Hijo de unos padres a los que nunca conocí. Refugiado de un país que ya no existe.
El 26 de junio de 2020 me senté con él y encendí la grabadora. Comenzó a hablar. Al día siguiente repetimos. Y al siguiente. A lo largo del verano grabé unas quince horas de conversaciones con él. Me habló de su infancia durante el nazismo y en la Alemania soviética, de su vida como refugiado en los primeros años de la República Federal de Alemania. Pero también hablamos del amor, de la muerte, de las ofertas del Lidl, de geranios, de pájaros, de política, me contó chistes alemanes, me cantó canciones. Hablamos en sobremesas con un chupito de aquavit, su licor favorito, y conduciendo al médico; paseando junto al mar y en la terraza del chiringuito; por mensajes de texto y en llamadas que yo grababa. Nuestra conversación siguió durante los dos años siguientes. Lo visitaba cada mes, charlábamos durante horas. Cuanto más le preguntaba, más seguiría recordar. Con ochenta años, su memoria era prodigiosa. Claramente había una historia, aunque solo fuera la de un padre y un hijo charlando sobre sus raíces.
Los alemanes occidentales consideraban a los prusianos del este, los silesianos, los pomeranios, como razas inferiores. Los llamaban «gitanos de cuarenta kilos» (por su delgadez), polacos y eslavos, a pesar de que eran iguales de alemanes. El concepto nazi Volksgemeinschaft, la idea de una comunidad étnica alemana homogénea, desapareció tras la guerra y fue sustituida por una especie de regionalismo identitario. Los alemanes occidentales no solo pensaban que los prusianos del este eran una raza inferior y que sus costumbres no encajarían en el oeste. También pensaban que eran los verdaderos responsables del nazismo.
Mi padre tiene doce años. Siete de ellos, más de la mitad de su vida, ha sido refugiado. Ha sobrevivido en cobertizos y pajares mientras huía del Ejército Rojo, ha sido un niño soviético en los años anteriores a la creación de la RDA, ha cruzado fronteras ilegalmente, ha vivido en un campo de refugiados y en un polideportivo y en el castillo expropiado de una condesa. Pero ahora ya puede ser un niño normal, más o menos.
Cuando se lo conté, no hubo nada de solemnidad. Estábamos sentados en el salón de El Hoyo, él en su sillón y yo en el sofá. Mi padre apagó la tele y me preguntó cómo llevaba el libro. «Hace mucho que no me entrevistas.» Le dije que había descubierto algo sobre Richard que me había mantenido ocupado varios meses. Le conté que su padre había trabajado bajo las órdenes de Fridrich Jeckeln, un criminal de guerra nazi; que había participado en acciones antipartisanas en Bielorrusia, Rusia, Letonia y Lituania entre 1943 y 1944; que la guerra antipartisana era un eufemismo de limpieza étnica y crímenes de guerra. Me escucha en silencio. No me interrumpió en ningún momento. Cuando finalmente habló, no intentó racionalizar nada ni aventuró ninguna hipótesis, no se justificó con frases como «bueno, pero en la guerra uno es un mandado» o «no sabemos exactamente lo que hizo». Simplemente dijo: «Ahora entiendo por qué mi padre no quería hablar de la guerra».

La autora estadounidense, maestra de la narrativa breve, publica su cuarta novela.Si este no es mi hogar, no tengo un hogar es una inquietante y fascinante historia de amor y dolor.
Origen: Lorrie Moore: «Todo escritor escribe historias tristes, nos encantan»
Todo texto está construido como un mosaico de citaciones, es la absorción o transformación de otro texto.

Julia Kristeva
Si la prosa es una casa, la poesía es alguien en llamas corriendo a través de ella.

Anne Carson
No pierdas el tiempo criticando a los otros, censurando sus obras; haz la tuya, dedícale todas las horas. El resto es fárrago e infamia. Sé solidario con lo que es verdad en ti.

Emil Cioran
El verdadero realismo consiste en revelar las cosas sorprendentes que se mantienen cubiertas por el hábito y nos impiden ver.

Jean Cocteau
Anoche bebí demasiado porque comí con unos idiotas, unos arquitectos —con sus mujercitas— que hablaban de aviones y del servicio militar en todos los países del mundo. Eran muchachos de veinticuatr…
Origen: Anoche bebí demasiado, Alejandra Pizarnik – Calle del Orco
Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos.
Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande.
Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición.
Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.
Años después, cuando ya éramos amigos, creí volver a verlo como lo vi aquel día, pues me parece que se recreó a sí mismo en uno de sus cuentos mejor acabados —«El otro cielo»—, en el personaje de un latinoamericano sin nombre que asistía de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina.
Como si lo hubiera hecho frente a un espejo, Cortázar lo describió así: «Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia». Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría cólera con que él mismo hubiera recibido una interpelación semejante.
Lo raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor.
Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo.
En las muchas veces que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez.
Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo.
Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estarse muriendo otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte.
Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente.
En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar.
Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.

Gabriel García Márquez
DUERMES COMO LA NOCHE DUERME
Duermes como la noche duerme,
con silencio y estrellas.
Y con sombras también.
Como los montes sienten
el peso de la noche,
así hoy sientes tú esos pesares
que el tiempo nos destina:
suavemente y en paz.
Duermes como la noche duerme,
pero aquí estás abrazando en la almohada
(en negra noche)
toda la luz del mundo.
Yo pienso que la noche,
como la vida, oculta
miserias y terrores,
mas tu duermes a salvo
pues en el pecho llevas una hoguera de oro:
la del amor que enciende más amor.
Duermes, como noche duerme,
mientras irán girando los planetas
despacio, muy despacio,
encima de tus ojos.
Reposas en lo blanco
como en lo blanco cae en paz la nieve.
Duermes como la noche duerme
en el rostro sereno de esa niña
que todavía ignora
aquel dolor que habrá que recibir
cuando sea mujer.
Duermes como la noche duerme
reposando en la nieve de tu piel y tu vida.
Te veo rodeada
de un resplandor de llamas:
las del amor que enciende más amor.
El que te salvará,
El que nos salvará.

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