Puesto que todos somos moribundos y leer libros consume tiempo, debemos idear un sistema que nos permita mayor economía. No hay duda de que puede resultar placentero retirarse a algún lugar a leer …
Para escribir una novela como las mías, si quieres que el producto final tenga ochocientas páginas, tienes que escribir ochenta mil. Algunos dicen que hay una elocuencia natural en mi estilo, que escribo como hablo, que uso un lenguaje coloquial prácticamente idéntico al que estamos habituados a oír, que es muy reconocible… Pues bien, eso es lo que yo llamo transformación: usar las palabras de una forma distinta a la esperada, en una situación inusual. De esa forma, las palabras adquieren un carácter más íntimo y, al mismo tiempo, son más precisas que los términos que utilizarías normalmente en esas situaciones. Es como darle lustre a tu estilo para que reluzca bien aquello que quieres mostrar.
Louis- Ferdinand Céline
Entrevista con Louis- Ferdinand Céline (“The Paris Review”. 1953-1983)
En ese tiempo en que se celebraba mi cumpleaños, yo era feliz y nadie se había muerto. En la antigua casa, hasta eso de los cumpleaños era una tradición de siglos, y la alegría de todos, y la mía, era tan verdadera como cualquier religión. En ese tiempo en que se celebraba mi cumpleaños, yo tenía esa gran salud que es no entender nada de nada, ser inteligente en familia y no abrigar las esperanzas que los otros depositaban en mí. Cuando llegué a tener esperanzas, ya no sabía tener esperanzas. Cuando llegué a mirar la vida, había perdido el sentido de la vida. Sí, el que fui supuestamente para mí mismo, el que fui por corazón y parentesco, el que fui en esas veladas de ciudad pequeña, el que fui por ser amado y ser un niño, el que fui, ¡ay Dios mío!; El que tan sólo ahora sé que fui… ¡Qué distancia ahora!… (Ni un eco ya…) Ese tiempo en que se celebraba mi cumpleaños. El que soy hoy es como humedad al final del pasillo de la casa, germinando en las paredes… El que soy hoy (y la casa de los que me amaron tiembla a través de mis lágrimas), el que soy hoy es que hayan vendido la casa, que todos ya estén muertos, Sobrevivirme a mí mismo como un fósforo apagado… En ese tiempo en que se celebraba mi cumpleaños… ¡Qué amor el mío, como por una persona, por ese tiempo! Deseo físico del alma de encontrarse allí otra vez, por un viaje metafísico y carnal, con una dualidad de yo para mí… ¡Comer ese pasado como un pan para hambre, sin tiempo para retener mantequilla en los dientes! Lo veo todo con tal nitidez que me ciega para lo que hay aquí… La mesa puesta con más sillas, con la valija de los mejores dibujos, con más vasos, el aparador con más cosas –mermeladas, frutas, y lo demás, protegido, en la parte alta–, las tías viejas, los primos diferentes, y todo era para mí, en ese tiempo en que se celebraba el día de mi cumpleaños… ¡Para, corazón! ¡No pienses! ¡Deja los pensamientos en la cabeza! ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! Hoy ya no cumplo años. Duro. Se me añaden días. Seré viejo cuando lo esté. Nada más. ¡Qué rabia no haberme traído el pasado robado en un bolsillo! ¡Ese tiempo en que se celebraba el día de mi cumpleaños! …
Un narrador no está nunca ni por encima ni por debajo de sus personajes y nadie ha de leer con la pretensión de escindir a los personajes de su narrador, ya que los personajes no son más que un modo de aglomerar fragmentariamente la narración, del mismo modo que la densidad determinada de un párrafo aglomera de una cierta manera una página escrita.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)