No es fácil ser cronopio. Lo sé por razones profundas, por haber tratado de serlo a lo largo de mi vida; conozco los fracasos, las renuncias y las traiciones. Ser fama o esperanza es simple, basta con dejarse ir y la vida hace el resto.
En mi casa sí había libros. A la manera en que hay libros en esas casas de la alta burguesía. La literatura era un divertimento, entonces había libros de El séptimo círculo, libros en inglés.
Mi vieja leía indiscriminadamente bestsellers y otras cosas. Por ejemplo: leía a Mercedes Rodoreda y a Harold Robins. Entonces yo lo que leía era lo que había en casa. Papillon.
La idea de que yo me dedicara a la literatura les pareció escalofriante: «Te vas a morir de hambre, de qué vas a vivir». La verdad es que cuando yo tenía 17 más o menos empecé a ir a verlo a Juarroz a Témperley, donde vivía.
Y después fui conociendo escritores y yo me hacía la idea de que iba a ser pobre. Los escritores que conocí vivían todos mal, pero no me parecía tan grave.
Para mí cualquier cosa era más atractiva que permanecer en la burbuja de esa clase, del colegio Newman».
Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el Diccionario filosófico de Voltaire, que es una de las obras más amenas y modernas que conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe.
«En este desorden, en este caos, de repente vi que Godard y yo éramos, en cierto modo, el mismo tipo de personas, la misma gente. Éramos personas que habían hecho algo y que habían mantenido su sal…
Mire, lo que yo quiero decir es que, cuando empecé a escribir, pensaba que todo debía estar caracterizado por el escritor. Por ejemplo, escribir «la luna», sin más, estaba estrictamente prohibido: había que encontrar un adjetivo, un epíteto para la luna. (Desde luego, estoy simplificando. Sin duda, he escrito muchas veces «la luna», pero ahora estoy citando el caso como una especie de símbolo de lo que yo hacía en aquella época). En fin, yo pensaba que había que caracterizarlo todo y que no se debían utilizar las frases de us común. Jamás habría escrito: “Fulanito de tal entró y tomó asiento”: era demasiado simple, demasiado fácil. Creía que debía encontrar alguna forma ingeniosa de decir lo mismo. Ahora me parece que esa clase de cosas no suelen ser más que una molestia para el lector. Pero creo que la raíz de la cuestión se remonta al hecho de que, cuando un escritor es joven, tiene la sensación de que lo que va a decir es más bien estúpido, o que resulta evidente, o que está muy trillado, así que intenta ocultarlo bajo un ornato barroco, con palabras tomadas de escritores del siglo diecisiete, o, al contrario, se propone ser moderno y entonces no para de inventar palabras, o de aludir a aeroplanos, a trenes, al telégrafo y al teléfono, porque se esfuerza al máximo para ser actual. Después, conforme pasa el tiempo, uno se da cuenta de que debe expresar sus ideas, sean buenas o malas, con sencillez, porque, si tienes una idea o un sentimiento, has de intentar que calen en el lector.
Jorge Luis Borges
Entrevista con Jorge Luis Borges (“The Paris Review”. 1953-1983)
La realidad exige que lo digamos bien claro: la vida sigue su curso. Sucede así en Cannas y en Borodinó, en los llanos de Kosovo y en Guernica.
Hay una gasolinera en una pequeña plaza de Jericó, hay bancos recién pintados cerca de Bila Hora. Las cartas van y vienen entre Pearl Harbor y Hastings, pasa un camión de muebles bajo la mirada del león de Queronea y solo un frente atmosférico amenaza los florecientes jardines cercanos a Verdún.
Hay tanto de Todo que lo que hay de Nada queda muy bien cubierto. De los yates de Accio llega la música y en la cubierta, al sol, bailan las parejas.
Pasan siempre tantas cosas Que seguro tienen que pasar en todas partes. Donde hay piedra sobre piedra hay un carro de helados cercado por los niños.
Donde estaba Hiroshima de nuevo está Hiroshima y se siguen produciendo objetos de uso cotidiano.
No le faltan encantos a este hermoso mundo ni tampoco amaneceres para los que merece la pena despertar.
En los campos de Macejowice La hierba es verde, y en la hierba, como pasa en la hierba, la escarcha, transparente.
Quizá no haya un lugar que no haya sido un campo de batalla, los aún recordados, los hoy ya olvidados, bosques de cedros y bosques de abedules, nieves y arenas, pantanos irisados y barrancos de negro fracaso donde en caso de urgencia satisfacemos ahora nuestras necesidades.
Qué moraleja sale de todo esto: parece que ninguna. Lo que de verdad sale es la sangre que seca rápida y siempre algunos ríos, algunas nubes.
En esos desfiladeros trágicos el viento se lleva los sombreros, y es inevitable: la imagen nos da risa.ç
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)