En mis escritos, todo es artificial, es decir que todos los personajes, los hechos, los incidentes se representan en un escenario, y el escenario está totalmente sumido en tinieblas. Los personajes…
Godard: A veces hablas mal de Sartre, tienes un cierto resentimiento…
Duras: [Con una gran sonrisa] No es tan grave lo que digo.
Godard: A veces pienso: ella exagera… ella exagera, sobre todo porque…
Duras: ¿Qué es lo que dije? Que él era el gran escritor…
Godard: No, simplemente dijiste que no es un escritor…
Duras: ¿»El Solzhenitsyn de un país sin gulag»?
Godard: Sí, pero eso es solo una fórmula. Dijiste lo mismo que yo digo de muchas personas. Eso es lo que me hizo pensar.
Duras: ¿Es eso lo que quieres decir? ¿Que dije que no era un escritor?
Godard: De Delannoy o de Spielberg, yo decía: «No es un cineasta. Es un fabricante de películas, pero no es un cineasta.» Y el hecho de que dijeras de Sartre lo que yo diría de Spielberg, por ejemplo, me dio una sensación extraña.
Duras: ¡Pero no ha escrito ni dos líneas de literatura! Su teatro es completamente abrumador, era un teatro de tesis.
Godard: Las películas en las que colaboró eran aún peores, pero…
Duras: ¡Ha producido masa escrita! Es una enorme carrera de nulidad.
Godard: Ah, bueno. Pero ahora te estás pasando.
Duras: ¡Toneladas, es eso lo que me impresionó, es el escritor más abandono – perdón, abundante- de su época, ¡del siglo! Queneau llamaba a eso los «escritores millonarios», ¡por desgracia!»
Me cuesta escribir la palabra amor/ porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/ y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/ y cuándo/y cómo/
No todo el mundo incluiría a la escritura en un catálogo de los placeres, ni siquiera de los placeres imaginarios. Nuestro tiempo, que exalta groseramente el trabajo y proscribe la indolencia, mal puede tolerar el ejercicio de un arte que no sólo es difícilmente regulable por la varia especie de los oficinistas, sino que además no sirve para nada. Por eso, igual que un libertino sorprendido en trance pecador con una joven cándida elude la ira de sus perseguidores mintiendo una promesa de matrimonio, el escritor tiende a encubrir el gozo inútil de su oficio inventándole coartadas o justificaciones misionales que lo hagan respetable. Desde Flaubert, tal vez desde Baudelaire, el ejercicio de la literatura, que antes era un don de la pereza, busca impúdicamente los prestigios del sufrimiento y aun de la maldición, lo cual, si bien se mira, es una extravagancia reciente: entre los antiguos, que admiraron a Sófocles porque vivió 90 años y nunca dejó de ser feliz, la figura de Eurípides, hombre huraño y desdichado y cercado por el fracaso, nunca fue emblema del artista, sino misteriosa excepción. La falacia romántica del artista infeliz es lugar común e incluso artículo de fe que no pocas veces certifica la calidad de una biografía y de una obra. Baudelaire había hablado siempre de la voluntad como impulso único del genio, pero aún queda en él una certidumbre de lo heroico que alza sobre el adivinado suplicio una elegancia de dandy.
Yo siento que todo escritor tiene que ser, en parte, un marginal. Yo creo que en todo escritor hay, de hecho, un marginal. Si un escritor no tiene en sí las posibilidades de marginalización o una veta marginal, si no tiene una trizadura de algún tipo, no puede nunca llegar a ser escritor. Muchas veces yo siento, por ejemplo, y lo veo, cómo a gente que estudia en mis talleres, gente talentosa, inteligente, leída, sensible, etc., le falta cierta trizadura o pertenecen demasiado íntegramente a una clase social, con la cual se identifica. Yo creo que una persona que es demasiado íntegramente parte de una clase social, estructurada, como son las clases sociales en Chile, esas personas, pienso, no pueden llegar a una grandeza literaria.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)