‘Era todo el mismo hueco’: seis cuentos superlativos de Eider Rodríguez | Babelia | EL PAÍS

Solo la autora vasca puede inspeccionar la grieta de quienes creemos sentirnos a salvo en un primer mundo agonizante
Origen: ‘Era todo el mismo hueco’: seis cuentos superlativos de Eider Rodríguez | Babelia | EL PAÍS
Textos
El sol dibujaba un trapecio en el suelo del salón. Ixabel andaba de un lado para otro, enfrascada en las tareas domésticas que solía programar para después de comer, pero cada vez que pasaba por allí se fijaba en aquel destello de belleza, hasta que dejó el balde de la colada, se quitó las zapatillas y se acurrucó dentro de la silueta de luz. En cuanto se abandonó al sol, sintió el calor en el pelo, en los tobillos, en las manos. A menudo la felicidad estaba tan cerca que se reprochó sus ansias de salir a buscarla siempre lejos.
(Canícula)
… ella se inscribió en un club de lectura. Pero estaba a punto de abandonarlo: había perdido la fe en la literatura; por un lado, por la frustración y la ansiedad que le crearon las interpretaciones polifónicas de los participantes; por otro, porque había conocido en persona a algunos de los autores a los que habían invitado al club. Una vez desbrozada la maleza, en los libros no quedaba nada, o no mucho más que alguna idea que podía expresarse con una frase de autoayuda, de esas que quedan resultonas en una taza. Palabras, palabras y más palabras. A veces ni siquiera eso, algunos ni siquiera escribían bien, y los que escribían bien usaban demasiadas palabras. La literatura, como la vida, se había convertido en una serie de desengaños: los relatos estaban vacíos, los escritores también. Le quedaba un poco de esperanza en la poesía y respetaba a los escritores que se habían suicidado. Amaba un lema de Ryūnosuke Akutagawa: «No tengo ningún principio, lo único que tengo son nervios».
(Mares y ruinas)
Hacerse las uñas era no solo un deber, sino también un acontecimiento en sus vidas todavía rebosantes de horas. Se fueron a Irún en la moto de tercera o cuarta mano de Lila, porque allí les salía más barato. Ya solo el viaje era una fiesta, con los dos cuerpos tan unidos, recién duchados, ligeros, volando por la carretera entre los coches y los camiones atascados. Aparcaron frente a uno de esos locales vietnamitas que habían proliferado en los últimos años. El olor a laca y acetona llegaba como un aperitivo. Llevaban una semana despidiéndose. Sabían que era su último verano juntas. Sobre todo lo que sabía Lila
(El agujero)
Fue una invitación en toda regla. Nos enviaron un correo electrónico, probablemente escrito por Sabina, que empezaba diciendo «Franck, Sabina y Eneka desean invitaros a cenar…» y terminaba con «familia Abeberry». Me pareció arrogante pero enseguida pensé que no, que se trataba de algo cultural. Era ese tipo de gente que hacía las cosas bien, gente educada en una cultura que mostraba al resto del mundo cómo se podía hacer bien las cosas, que después de sus grandes aportaciones a la civilización universal se cobraba las deudas y ejercía su derecho a tratar a los demás de una forma impertinente y desagradable, dejando los asuntos de la libertad, la igualdad y la fraternidad para los neandertales.
(Corazón de pato)
Me han cortado la pierna y me estoy despertando de la anestesia, pensó. Luego movió los dedos de los pies, dobló las rodillas: seguían allí, atentas a sus órdenes; todo había sido un sueño. Volvió a la conciencia poco a poco: se encontró sola, rodeada por una mosquitotera con agujeros. No estaba en el hospital, sino en el bungalow. En la cama pequeña, el peluche de Zuhaitz; en la mesilla, una botella de agua, una jeringa, cajas de medicamentos, la férula dental de Gaizka, un par de pendientes.
(Lecciones de buceo)
Nekane sacaba la pulpa de una hoja de aloe con un cuchillo, sentada en el borde de la cama. Hacía ya unos días que a Fani le costaba pronunciar las consonantes y había que prestar mucha atención para entenderla. Nekane le frotó la sustancia viscosa en los labios, por fuera y por dentro, para que las heridas que le habían aparecido en las últimas semanas cicatrizaran mejor. Fani apartó la cara. Cuando Nekane vio aquel de testarudez, aquella terquedad que ella había intentado reprimir toda la vida y que había detonado los enfados más violentos entre las dos, sintió algo parecido a «Esta es mi chica», y se dio cuenta de lo absurdo que había sido luchar contra ese rasgo durante cuarenta años.
(El cráter)
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