Lectura: «Malina», de Ingeborg Bachmann

Ingeborg Bachmann: maneras de morir | Letras Libres

«Malina», de Ingeborg Bachmann, no es una novela: es un libro sobre el infierno. La única forma de leerlo es la completa sumisión a su propuesta.

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Lectura

Durante años mi relación con Malina consistió en desafortunados encuentros, malentendidos grandísimos y algunas estúpidas fantasías…, me refiero con ello a malentendidos mucho mayores que los que he tenido con otras personas. De todas formas, desde el principio estuve siempre por debajo de él, y muy pronto tuve que haber sabido que se convertiría en mi perdición, que el puesto de Malina ya estaba ocupada por Malina antes de que él se instalara en mi vida. Lo único que me ahorraron, o que yo misma me ahorré, fue encontrarme con él demasiado pronto.


Contra la corrupción y la regularidad, contra la vida y contra la muerte, contra la evolución casual, todas esas amenazas de la radio, todos los titulares de los periódicos, de los que provienen la peste, contra la perfidia que se filtra de los pisos superiores e inferiores, contra la lenta bazofia de dentro y contra el hecho de ser devorados desde fuera, contra el rostro ofendido de la señora Breitner cada mañana, mantengo aquí mi temprana posición vespertina y espero y fumo, cada vez más confiada y segura, y tanto tiempo y tan segura como no le ha sido posible a nadie, pues en este signo venceré.


Aunque seguro que Ivan ha sido creado para mí, nunca podrá reivindicarlo exclusivamente para mí. Porque ha venido para que las consonantes vuelvan a ser sólidas y tangibles, para que las vocales vuelvan a abrirse y resuenen plenamente, para que las palabras vuelvan a brotar de mis labios, para reestablecer las primeras relaciones destruidas y solucionar los problemas, y no me alejaré ni un punto de él, haré que nuestras iniciales idénticas y melodiosas, con las que firmamos nuestras breves notas, coinciden, se sobreescriban, y después de unir nuestros nombres podemos empezar con cautela a hacerles de nuevo el honor a las primeras palabras de este mundo, para que este tenga que desear volver a concederle este honor, y como queremos la resurrección y no la destrucción, nos cuidaremos bien de tocarnos en público con las manos y también de no mirarnos más que a hurtadillas, porque Ivan tendrá primero que lavar con sus miradas las imágenes que habían caído en mi retina antes de que él llegara, y luego, después de muchas abluciones, volverá a surgir una imagen oscura, terrible, prácticamente imposible de borrar, y entonces Ivan me pasará enseguida por encima una más tenue, para que no salga de mí ninguna mirada torva, para que yo no pierda esa terrible. mirada, de la que sé cómo ha llegado hasta mí, pero no lo recuerdo, no lo recuerdo…


En mi cabeza empieza un rumor de palabras y luego un resplandor, algunas sílabas ya centellean, y de todas las cajitas de frases salen volando comas multicolores y los puntos, que en algún momento fueron negros, flotan sobre mi cráneo hinchados como globos, porque en el libro, que es magnífico y con el que yo por fin empiezo a dar, todo será como en el Exsultate jubilate. Si este libro hubiera de existir, y un día habrá de existir, se tirará uno al suelo de alegría solo por haber leído una página de este libro, dará un brinco, se sentirá aliviado, seguirá leyendo y se morderá la mano para no tener que gritar de alegría, apenas se puede aguantar y, si se sienta uno en el alféizar de la ventana y sigue leyendo, le lanzará confetis a los transeúntes para que se paren perplejos, como si estuvieran en carnaval, y tirará a la calle nueces, dátiles e higos, como si fuera el día de san Nicolás, se asomará por la ventana sin vértigo ninguno y gritará: ¡Escuchad, eh, escuchad!, ¡mirad, eh, mirad!, he leído algo maravilloso, ¿me dejáis que os lo lea?, acercaos todos, ¡es demasiado maravilloso!


Leer es un vicio que puede sustituir a todos los demás vicios o, de vez en cuando, en su lugar, ayudar a todos a vivir con mayor intensidad, es un exceso, un vicio devorador. No, no tomo drogas, tomo libros, preferencias claro que también las tengo, muchos libros no me sientan bien, algunos solo los leo por la mañana, otros solo de noche, hay libros que no sueltos, me paseo con ellos por la casa, los llevo del cuarto de estar a la cocina, los leo de pie en el pasillo, no utilizo marcapáginas, no muevo los labios al leer, aprende a leer muy bien desde muy pronto

Ingeborg Bachmann


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