
Mauri Buhigas / EFE
Vicisitudes amorosas de un hombre sin atributos
La última novela de Jesús Carrasco se centra en los peligros de un matrimonio de caer en la rutina y la aventura desquiciante de intentar recuperar el amor
Origen: Vicisitudes amorosas de un hombre sin atributos
Textos
Yo solo pretendía tener un detalle con Leticia, eso es todo. No quería que se sintiera ridícula, ni incómoda ni, por supuesto, humillada, como sucedió. Y, sobra decirlo, tampoco pretendía que nuestras vidas corrieran peligro, como también pasó. No quería que le pusieran ese horrible collarín, ni traerle a la memoria tan malos recuerdos. Pero, por encima de todo, no quería que las cosas terminaran como terminaron.
Si algún día, después de una vida entregada a la empresa, me despiden de manera improcedente, cosa que todavía no deseo pero que algún día desearé más que nada en el mundo, más que la paz entre los hombres, ese día, ese mismo día, me voy a gastar la indemnización en comprar una plaza de garaje. Una que tenga tan pocas columnas como para aparcar una gabarra arenera sin tener que maniobrar. Y con suelo de cemento pulido. O mejor, con alfombras persas.
En estos meses de meditación forzosa he tenido tiempo de reflexionar minuciosamente. He cartografiado nuestra vida en común a una escala próxima al 1:1. Tengo claro, por ejemplo, que alcanzamos nuestra velocidad de crucero exactamente el 9 de julio de 2018, el primer lunes de los Sanfermines. Ese día firmamos ante notario las escrituras del apartamento de la playa. Una segunda residencia en la costa podría parecer lo contrario al aburrimiento, pensará que alguien desea tener una casa en la playa. Pero yo, que sé lo que es tenerla, puedo decir que una casa en la playa es el ácido que corroe cualquier impulso aventurero. Se acabó la exploración de nuevos territorios, de otras culturas, de otras lenguas, de otros paisajes. Una casa en la playa es el sumidero de cualquier tiempo libre disponible. Fin de semana: a la playa. Vacaciones de verano: a la playa. Huir de Sevilla en Semana Santa: a la playa.
En el capítulo de saberes inconcretos, soy capaz de calibrar su estado de ánimo a partir de la presión con que pisa sobre el suelo de madera de la casa. Puedo saber si ha discutido con su madre o si ha tenido algún problema con su jefa solo por el modo en el que prolonga imperceptiblemente un sí o un no. En un sentido inverso, puedo inferir con bastante precisión su alegría o su satisfacción o su orgullo, solo por un pendiente minúsculo que ha elegido o por cómo están colocadas sus cosas en la mesilla de noche. El modo en que cierra una puerta me dice cosas. Su manera de teclear un mensaje, de elegir una película u otra, de combinar un pantalón con una chaqueta o una blusa, de suspirar, de gemir, de decir sí, de decir no. Todo eso tiene un sentido que yo soy capaz de interpretar.
Y con esa idea llena de esperanza me metí en la cama, donde Leticia ya dormía, o hacía que dormía, de espaldas a mí, como solía ser cuando estaba enfadada. Y ya entre las sábanas, envié mi pie descalzo como una sonda en dirección a su cuerpo. Los dedos abriéndose paso entre el frío de la tela hasta notar un lugar del espacio, en la órbita de uno de sus gemelos, donde la temperatura aumentaba ligeramente. Y ahí, en esa atmósfera prometedora, caldeada por la biología de su cuerpo, ralenticé la aproximación hasta que la punta de mi dedo gordo contactó sutilmente con su piel, la superficie de aquel raro planeta llamado Leticia. ¿Y qué hizo el planeta al llegar la sonda? Lo diré: lo que nunca haría un planeta ante la llegada de una nave espacial tripulada por inocentes alienígenas antropomorfos cargados de buenas intenciones. Lo que no haría ni un satélite. Ni siquiera un asteroide. Lo que no haría ni la miserable basura espacial: salir disparada con rumbo a la región del espacio donde ella dormía.

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