
La escritora y cantante, hija del premio Nobel de Literatura Patrick Modiano, publica ‘Distante’, un relato sobre la relación entre una joven actriz y un escritor maldito
Textos
Caminaba rápidamente en medio del frío, ya había dejado atrás el barrio moderno y se dirigía hacia el centro. Sacó de nuevo la foto minúscula delbolsillo mientras andaba a lo largo del Sena. Creyó que se acordaba de los dos personajes, sin estar convencida del todo. Le venían a la mente fragmentos de la película que acababa de ver, e intentaba quitárselos de la cabeza. “Qué película más estúpida”, se dijo, bordeando el río, con la cara al viento. Con templó el cielo que se oscurecía por minutos, con miedo de que no le diera tiempo a llegar a casa antes de que empezara a llover. El le había murmurado al oído, mientras ella estaba aún medio amodorrada, que volvería antes de que anocheciera, pero ahora ya no sabía si había oído de verdad esas palabras o lo había soñado.
Siempre quiso ser escritor. Había tenido vocación desde muy joven. A los once años se apuntó por primera vez a un concurso de escritura, seguilo de muchos otros.A menudo se llevaba el primer premio sin mucho esfuerzo. Su padre era conocido como periodista, aunque había querido ser novelista, pero nunca lo consiguió a causa de las drogas y el alcohol. Lo descubrieron sin vida, en 1987, en la habitación de un motel, con una jeringuilla clavada en el brazo. Cada vez que le contaba el final trágico de su padre, precisaba que la policía había encontrado en el maletero de su coche unos dibujos de él y de su hermana en el interior de una cartera de la que nunca se separaba. Tenía tanto miedo a terminar como él que solo tenía una idea en la cabeza: publicar cuanto antes y vivir por fin de su pluma.
Ella lo vio caminando por el muelle. Esa gran silueta suya que reconocería entre mil. Desapareció. Si cerraba los ojos y lo imaginaba de nuevo, lo veía siempre en movimiento: se liaba un cigarrillo, escribía, se ponía el abrigo. Pasaba las páginas de un libro. Tocaba la guitarra. Se tomaba un café. Transcurrían los años y la alejaban inevitablemente de lo que habían sido. Hacía tiempo.
Él vuelve dentro de unos días para la presentación de la traducción francesa de su novela, a primeros de octubre. Hace una semana hablamos por teléfono, estábamos un poco violentos, como cada vez, porque nunca hemos estado relajados, ni uno ni otro, en nuestras conversaciones telefónicas. Ahora me cuesta recordar las etapas que me han conducido hasta aquí y sigue resultándome imposible saber en qué momento del camino nos perdimos. No me atrevería a preguntarle ahora si aquellos años merecían realmente todos esos momentos oscuros. Más vale no saber y olvidar.
Ahora ella entendía mejor aún que la vida para él solo tenía una importancia secundaria en esa época. La ficción se había apoderado desde hacía tiempo de la realidad y eso era precisamente lo que le procuraba el oxígeno y conseguía, no sin dificultad, mantenerlo en pie, Así, introducía cada parcela de vida, cada vivencia en su obra, sacrificándolo todo con el fin de trascender a través de la escritura; se consumía sin darse cuenta. El camino hacia la locura se iba trazando solo, poco a poco, y ni una muchacha de dieciocho años ni los contratos que firmaría un año después por el mundo entero podrían frenarlo.
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