La verdad sea dicha, estamos un poco hartos del escritor y sus problemas. No digo que los problemas no existan (persecuciones, páginas en blanco, editores, entrevistadores, la musa casquivana), sino que nos hemos ocupado mucho de esa gente y no de quien viene siempre con ellos, inseparables como el yin y el yan, cara y ceca, fresco y batata. El lector, el ente mudo de la literatura, el hermano siamés del escritor al que ocultan en las fotografías.
No voy a hacer una defensa del oficio de lector, no la necesita como el oficio de escribir. Tampoco basaré mi elogio declarando una supuesta equivalencia, que no estamos para demagogias. Elogio el oficio puro y duro de leer, y nada más ni nada menos.
Despejemos antes algunas malentendidos, que también prosperan. Cuando hablo de lectores, excluyo a esa tribu oblicua que se creen o quieren ser escritores, y se camuflan como lectores intransigentes. Que entran en los escritos ajenos con la intención de ser los autores, por plagio o fantasía; o destripan los textos para encontrar su alma, y dejan las páginas despanzurradas y sin gracia; o los que leen para ir corriendo a los demás contando el truco con los que fueron escritos los libros, desnudándolos con impudicia. Y mucho menos de los críticos y académicos, Dios los ampare en su labor.
Tampoco, como dije, los adulo diciendo que como lectores completan la obra del escritor, la amplían o multiplican su significado. Ningún lector movió una página que no haya sido escrita, ninguno agregó una coma o una letra muda, o una peripecia nueva a lo ya dicho. A lo sumo, habrán borroneado márgenes, tachado o agregado opiniones en algo no solo preexistente, sino que no por ello se modifica. El sentido que le quieran dar a los escritos no modifica en nada lo ya hecho. Es más, el libro, apenas cerrado, retorna a su propio y exclusivo texto, prescindiendo por completo de lo que opina de él quien acaba de leerlo.
Pero, ay, cuando el lector lee! Un perezoso texto, un dormido mundo se levanta, solo y nuevo en la mente del lector, y toma toda la dimensión del universo. Cada lector incorpora otra vez el texto al devenir del mundo, y ahí opera el libro y así se modifica el mundo. Lo hace el lector, el que abre el libro y lo descifra. Todos los personajes nacen al unísono, todos mueren al cerrarse el libro, pero todos siguen latiendo en la mente del lector, que es decir en el mundo. Siguen vivos con él, como ya no lo estuvieron cuando su autor los dio por finalizado.
Y además, misterio de misterios, maravilla del lector único, cada libro es único en su mente. Si hay miles y millones de textos idénticos, ningún libro es igual al que lleva cada lector con sí y para el mundo. Hay tantas ballenas blancas como lectores de Moby Dick. Tantas razones para Ajab como aquellos que siguieron con un dedo, letra a letra, sus desventuras. Bienaventurado el libro que encuentra su lector, su intérprete, el que le insufla vida. Bienaventurado el lector como demiurgo.
