
Una novela rusa, de Emmanuel Carrère | Letras Libres
El 9 de enero de 1993, en la comarca de Gex, en Francia, periferia residencial de su vecina Ginebra, un hombre, Jean-Claude Romand, mató a su mujer y a sus dos hijos; …
Origen: Una novela rusa, de Emmanuel Carrère | Letras Libres
Textos
El tren rueda, es de noche, hago el amor con Sophie en la litera y ella es ella. Los compañeros de mis sueños eróticos suelen ser difíciles de identificar, son varias personas a la vez sin tener la cara de ninguna, pero aquella vez no, reconocí la voz de Sophie, sus palabras, sus piernas abiertas. En el compartimento del coche cama donde hasta entonces estábamos solos entra otra pareja: el señor y la señora Fujimori. Ésta se nos une, sin remilgos. El entendimiento es inmediato y muy arriesgado. Sostenido por Sophie en una postura acrobática, penetro a la Fujimori, que pronto experimenta un rapto de placer. En ese momento, el señor Fujimori nos comenta que el tren ya no avanza. Está detenido en una estación, quizás desde hace un rato. Inmóvil en el andén iluminado con lámparas de sodio, un miliciano nos observa.
Mi abuelo tendría hoy más de cien años, y es muy probable que lo abatieran algunas horas, algunos días o algunas semanas después de su desaparición. Pero durante años, decenas de años, mi madre se esforzó —o se prohibió, pero viene a ser lo mismo— en imaginar lo inimaginable: que él vivía en alguna parte, que quizás estuviese prisionero, que un día volvería. Todavía hoy, lo sé porque me lo ha dicho, sueña con el regreso de su padre.
Le propuse continuar, ir a verla una vez a la semana y dedicar unas horas a leer estas cartas juntas. No hemos precisado lo que haré con ellas luego, pero ella no puede no saber que un día u otro escribiré un libro sobre su padre. Pensé durante mucho tiempo que no lo haría mientras ella viviera, y al salir de la Academia aquel día pensé lo contrario: que debo escribirlo y publicarlo antes de que ella muera. Que lo escriba para ella. Para liberarla, y no sólo para liberarme yo.
En el hotel me tiendo en la cama sin desvestirme y te envío un mensaje bastante seco: me habría gustado y me gustaría todavía que me llamaras, deberías hacerlo en cuanto llegues, ¿qué ha sido eso de que te has quedado sin cobertura? Vuelvo a pensar en mi cuento. ¿Es posible que lo hayas leído y que te haya impresionado hasta el punto de que no quieres hablarme de él? No, no lo creo. Si te lo he escrito es porque sabía que lo leerías como una declaración de amor, que su lado exhibicionista te excitaría. La inquietud suplanta al cabreo, temo un accidente, podría haber ido a París, no dejaros viajar en ese estado.
Lo primero que hago al entrar en casa es cambiar el mensaje del contestador. Tú lo habías grabado justo después de haberte instalado, me acuerdo de cómo te gustaba decir «estás llamando a casa de Sophie y Emmanuel» y cómo a mí me gustaba oírlo. Un amigo mío al que abandonó a su mujer, conservó durante más de un año la grabación con su voz y los nombres de ambos. No es mi estilo, y en este instante me precio de ello. Me precio del odio frío, inapelable, que ha reemplazado a la atroz incertidumbre. Ya no existe para mí, ya no significas nada. Pero por poco que signifiques, aguardo tu llamada para disfrutar de tu desazón y de mi firmeza. Como tardas en llamar, estoy tentado de llamarte yo y, para evitarlo, empiezo a leer los e-mails. Ochenta y cinco. Un buen comienzo.
A la mañana siguiente, me siento con mi madre en la terraza para un último café antes de emprender viaje. Silencio, tintineo de cucharas, malestar. Después, de golpe, sin mirarme: Emmanuel, sé que tienes intención de escribir sobre Rusia, sobre tu familia rusa, pero te pido una cosa: que no toques a mi padre. No antes de mi muerte.