junio de 1988
Hay una cosa que deseo más que nada: volver a la soledad, al anonimato, a la insignificancia en el mundo; recuperar la irresponsabilidad de la infancia, las tardes en el jardín, los pájaros, cuando soñaba que me iría a países remotos, a conocer mundo, que me sucederían cosas. Y todo eso ha pasado y seguirá pasándome, quizá, y, sin embargo, lo que más deseo es retornar a ese tiempo en que aún no había ocurrido nada. No para recuperar mi deseo y mi sueño, sino precisamente lo que ni me gustaba ni detestaba; es decir, mi vida real: el campo, los ruidos lejanos de los coches, de una sierra de madera, la voz de mi padre, los ladridos de los perros, la campanilla de la puerta de la tienda. Todo lo que me hace revivir eso – Venecia, un domingo por la mañana; escribir; el amor, a veces, en 1984- es felicidad. Me parece que aquí me acerco a algo importante, a esa verdad que estoy buscando.
