Margaryta Yakovenko, escritora ucraniana: «Es importante ponerles cara a los muertos de las guerras»
La periodista y autora publica ‘Ocupación’, una crónica familiar tiznada de rabia y desconsuelo de la guerra que lleva cuatro años azotando Europa.Más información: Crítica de ‘Herscht 07769’: el nobel Krasznahorkai alerta del regreso de los lobos nazis en su nueva novela

Origen: Margaryta Yakovenko, escritora ucraniana: «Es importante ponerles cara a los muertos de las guerras»
Textos
La última vez que hablé con mi abuelo me dijo: Nací en una guerra y moriré en una guerra. Murió al día siguiente, el 20 de abril de 2022, en la ciudad ucraniana de Tokmak. La ciudad había sido rodeada el 27 de febrero por las tropas rusas. El sitio duró ocho días hasta que la ciudad fue tomada por completo. Durante dos semanas no super nada de mi abuelo. Los proyectiles rusos habían destrozado los cables de teléfono y de internet, habían hecho cortar el agua, la calefacción y la luz. La ciudad en la que nací y en la que nació mi padre y en la que nació mi abuelo y en la que nació mi bisabuelo estaba sediente y a oscuras.
Cuando ella entró en la habitación, a él le rodaron las lágrimas por la cara, la única parte de su cuerpo que se veía entre todas las mantas que tenía encima. Estaba tumbado en su lado de la cama, el izquierdo. El lado derecho, en el que un año antes había muerto su mujer, mi abuela, permanecía intacto. No quería morir solo, le dijo. Ella contestó que nadie se iba a morir, pero no era más que una frase hecha. ¿Qué es esto que están haciendo?, preguntó él más con incredulidad que con interrogación, más al aire que esperando una respuesta. Ya nos han conquistado los rusos, contestó Liudmila.
Mi padre fue el centro de la vida de mis abuelos y todo lo que sé de la infancia de mi abuelo, su adolescencia y su juventud es una reconstrucción de los recuerdos de mi padre. A partir de su cincuenta y tres cumpleaños, Víctor se convierte en mi abuelo. Los restantes treinta años que viví son mis recuerdos.
Aun así, el día que cayó la Unión Soviética y la bandera roja fue descolgada del mástil de la fachada de la fábrica Kírov, él se acercó al obrero que la había bajado y le pidió que se la diera. Ese trapo rojo que ya no significaba nada y que hasta hacía solo unas horas era el símbolo de una nación, de una idea muy concreta de bienestar, al fin y al cabo, un icono de la victoria de todos los trabajadores sobre la burguesía primero y el nazismo después. Dobló la bandera cuidadosamente y se la guardó en el maletín que llevaba siempre al trabajo. Al llegar a casa sacó la tela y tal y como estaba, doblada, la guardó en el arcoón debajo del asiento del sofá, donde seguía aún en abril de 2022, la fecha en la que murió. ¿Por qué hizo eso si para él el Partido no era un fin sino solo un medio?
Es curioso lo que hace la muerte. Un día existe alguien que te llama Mi Orejita y al siguiente no vuelves a oír jamás esa expresión. Nadie vuelve a tirarte de las orejas mientras te persigue corriendo por la casa. Nadie sabe siquiera que esas orejas no son tuyas sino de tu abuelo. ¿Y qué ocurre con todos esos recuerdos? ¿Con todos esos actos que ya no vuelven a repetirse? ¿A dónde van? ¿De quién son ahora? ¿Qué somos nosotros sin ellos? ¿Soy la misma desde que sé que nadie más, jamás, nunca, en toda mi vida, me va a tirar de la oreja derecha pretendiendo comérsela? ¿La siguiente vez que alguien me diga que tengo unas orejas pequeñas y puntiagudas debería decirle que son las de mi abuelo?
No había calefacción y mi abuelo tuvo que morir en la cama, debajo de varias mantas pesadas. Llevaba sin poder moverse desde marzo, cuando sus piernas varicosas dejaron de responder y solo supieron ser un calvario. Cuando se quedó sin sus medicinas y no se pudo mover más. No había medicamentos. No había médicos. Mi abuelo murió no en el frente, no por un proyecto enemigo, no bajo un aguacero de metralla. Su muerte no fue heroica porque él no fue ningún mártir. Y a los que mueren en la cama nadie los condecora, nadie los suma a la cifra oficial de víctimas, nadie los recuerda.
No me gusta hablar de patrias. El mundo se ha llenado de patriotas profesionales que vocean consignas chovinistas y no me puedo colocar a su lado. A mí no me han robado una patria. Lo que a mi me han robado es la infancia, las tumbas de mis muertos, los muros entre los que están mis recuerdos, los objetos que fueron de ellos y que debían ser míos por el orden natural de las cosas, por el orden natural de la familia, la herencia y la evolución.
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