Bajtín durante los días oscuros del cerco nazi a Leningrado. Se cuenta que el escritor ruso, fumador compulsivo, estaba encerrado en un apartamento bajo el terror cotidiano de los bombardeos. Tenía reservas de tabaco pero no podía conseguir papel de fumar. Entonces usó para liar sus cigarrillos las páginas de un ensayo al que había dedicado diez años de trabajo. Hoja a hoja, bocanada a bocanada, fumó gran parte del manuscrito, en la seguridad de conservar a buen recaudo en Moscú otra copia que, al final, en el caos de la guerra, también se perdería. Recuerdo que William Hurt cuenta la anécdota —casi legendaria— en la fascinante película Smoke, cuyo guion escribió Paul Auster.
Irene Vallejo. El infinito en un junco

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