Cuando Platón diseñó la República perfecta, abogó por la expulsión de los poetas. El poeta, decía el filósofo ateniense, genera desorden al trabajar con un lenguaje que es, por definición, ambiguo. (…) Platón inauguraba así una profesión de fe que aún hoy dura: la desconfianza que el artista provoca en el poderoso.
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