Lectura: «Incierta gloria», de Joan Sales

La primera gran novela que mostró la Guerra Civil desde el punto de vista de los vencidos | Babelia | EL PAÍS

Retrato del escritor y editor Joan Sales, autor de ‘Incierta gloria’, en una imagen sin datar.Arxiu privat Joan Sales

De oficial republicano a escritor católico, la conversión moral de Joan Sales se destila en la novela de la derrota ‘Incierta gloria’: una obra sobre la complejidad moral de la guerra

Origen: La primera gran novela que mostró la Guerra Civil desde el punto de vista de los vencidos | Babelia | EL PAÍS


Textos

La vida nos desgasta como los arreos la piel del mulo. A veces sospecho con horror que las mataduras que nos hace la vida durarán tanto como la vida misma. O más.


Estos paisajes del Bajo Aragón son dolorosos, pero no acaban de ser barrocos; como antes de ahora nunca había estado aquí, todo me llama la atención. Contra lo que se suele creer, ¡son tan distintos de los de Castilla, donde he pasado la mayor parte de estos once meses! Los primeros días me extrañaba, hasta que descubrí que los paisajes de Aragón no pertenecen al espacio, sino al tiempo; no son, pues, paisajes, sino instantes. Hay que saberlos mirar como quien mira un instante; como quien mira al instante fugaz cara a cara. Una vez descubierto su secreto, no los cambiarías por ningún otro paisaje del mundo.


Queda Cruells, el alférez-practicante. Resulta que es devoto de Baudelaire. Sabe de memoria largas tiradas de versos suyos, evita el vino y las mujeres —y las palabrotas—; ¡una rara avis! Algún día me acompaña a pasear. No muy a menudo porque ha de estar pendiente de su trabajo. 400 reclutas son muchos y siempre les pasa una cosa u otra; generalmente de origen venéreo.


Empieza a aclarar. Cuando nada hacía presentirlo, una hilera de nubecillas brota de la tierra en silencio, detrás de la trinchera enemiga, entre ésta y las primeras casas de la Puebla. Enfoco los prismáticos. Otra hilera silenciosa igualmente e inesperada florece en este momento, pero más acá de la trinchera, entre la trinchera y las alambradas. El regreso de las primeras explosiones llega ahora a mis oídos; ha tardado quince segundos. Unos cinco quilómetros aproximadamente, cálculo;


Los diarios hablan siempre de batallas, de ataques y contraataques, de muertos y de heridos, de posiciones tomadas o perdidas; una se acostumbra a todo y acaba por no hacer caso de nada. Resulta que hace ya nueve meses que dura la carnicería; y la gente va a hacer cola delante de los cines. Cuanto más idiota es la película, mejor. Y los comprendo; ¿Me creerás si te digo que a mí misma me interesan más los moluscos fósiles del Carbonífero que las partes del frente?


Aquel día papá no estaba en casa; Mamá me dijo que en los últimos tiempos no está casi nunca para evitar disputas con Liberto. Resulta que Liberto quisiera que se mudaran a un principal del paseo de Gracia, naturalmente confiscado a su propietario, y que papá tuvo un estallido de indignación: «Me moriría de vergüenza», le dijo; Dice mamá que tuvo una disputa violenta. Por lo visto desde que puede hincarle el diente, para Liberto este mundo ya es el mejor de los mundos posibles. Papá le echó en cara todo lo que había ocurrido en estos últimos meses, tantos asesinatos, tantas iglesias incendiadas, tantos ciudadanos inofensivos perseguidos como perros rabiosos; Liberto le escuchaba con una sonrisa de superioridad: «Siempre habrá ineptos que no sabrán adaptarse a las circunstancias», fue todo lo que comentó; «los eternos inadaptados, los resentidos, los fracasados». Papá, fuera de sí, le dijo que se fuese y que no volviera nunca más a poner los pies en casa; a mamá le ha costado mucho conseguir que hicieran las paces, al menos unas paces externas y que sólo pueden durar una fuerza de equilibrios, una fuerza de evitar los temas que harían estallar otra vez el temporal.


Aquellos tiempos no volverán nunca más, Julio; algo ha pasado en esta tierra que la ha emponzoñado para siempre… Si supieras; tu carta animándome, toda abierta a la esperanza, llegó cuando acababa de enterarme de que habían asesinado a Cosme. Pronto hará un año que empezó esta monótona carnicería; ¿Cómo podíamos sospechar que la similar de Caín estuviera tan extendida en este mundo, tan a punto de germinar en un momento favorable? ¡Cuántas veces a lo largo de estos once meses hemos creído a ciegas que el gobierno iba a ponerle fin, que ya se lo habían puesto, que los incendiarios y asesinos serían reducidos a la impotencia; que si la guerra debía continuar, lo cual ya es bastante triste, sería por lo menos una guerra limpia!


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