Sobre la tristeza de una foto de familia. Mark Strand

Tengo una foto de mi madre, mi hermana y yo, tomada cuando yo tenía como cuatro años y mi madre unos treinta y dos. Mi hermana y yo aparecemos de pie ante un arbusto, en lo que debe de ser la acera de nuestra casa de entonces, con mi madre agachada en medio y abrazándonos a cada uno con un brazo. Debe de ser primavera, porque yo llevo pantalones cortos y una camisa de manga larga abotonada hasta el cuello, quizá como concesión a la pulcritud. Mi hermana, que en aquella época tendría dos años y medio, viste un abrigo que le llega al borde de las rodillas. Las mangas le quedan largas. Debe de ser mediodía, o casi: nuestra sombra se refleja justo debajo de nosotros. Mi madre tiene el pelo negro y sonríe. La luz cae igual sobre el rostro de mi hermana y sobre el mío. Y nuestros ojos quedan a la sombra exactamente de la misma manera. He mirado esta fotografía una y otra vez, y siempre me invade una tristeza inexplicable y profunda. ¿Es porque mi madre, que nos está abrazando y cuya mano agarro, está ya muerta? ¿O es porque parece tan joven, tan feliz y orgullosa de sus hijos? ¿Es porque los tres estamos en ese momento atados por la luz que se esparece de forma idéntica por nuestras caras, uniéndonos, proclamando nuestra unidad en un instante del pasado que fue solo nuestro y que nadie más puede compartir? ¿O es solo porque se nos ve un poco anticuados? ¿O se nos encoge el corazón porque lo que fuéramos en ese momento ha quedado atrás? Supongo que todas son buenas razones para sentirse triste, y que todas explican en parte mis sentimientos; pero hay algo más: la presencia del fotógrafo. Es por él por lo que mi madre se permite estar presente de un modo tan espontáneo, sin ninguna contención ni ningún signo de pena. Y es hacia él hacia el que yo me inclino, hacia el que quiero correr. ¿Pero quén era? Tuvo que ser mi padre, me digo sin cesar; mi padre, que en aquellos días siempre parecía ausente, siempre en la carretera vendiendo uno de los servicios de noticias a los periódicos de los pueblos de Pensilvania. Lo que me pone triste, por tanto, no es que ese momento dulce pertenezca ya al pasado, sino que el verdadero protagonista de la foto no esté presente en ella pero exista a modo de conjetura, como una ausencia. Otra cosa que me emociona de esta fotografía es lo mucho que cuenta del momento en que se tomó. Como la infancia en sí, esa foto es inocente del futuro. Siento una enorme compasión por el muchacho que fui, y me siento culpable de que su yo futuro se sirviera de su imagen. En aquel momento yo existía no para contemplarme hoy, sino solo para el fotógrafo cuando hizo la foto. Dicho de otra manera, yo no estaba posando. No podía, porque no podía prever futuro alguno para aquel instante; como casi todos los niños, yo vivía en un presente perpetuo. Podía quedarme quieto, pero no posar. Y en mi quedarme quieto manifiesto un deseo tremendo por liberarme, por abrazar a mi padre, que no está en nigún sitio de la fotografía.

Mark Strand

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